Solo existían dos cosas más inverosímiles que una reconciliación entre los hermanos Gallagher. La primera, que Disney (sí, ¡Disney!) produjera el documental sobre la exitosísima, estruendosa, multitudinaria y muy sonada gira de regreso de Oasis, acontecida en el verano de 2025 y que el próximo año conocerá prolongación con varias escalas barcelonesas, según todos los indicios. La segunda, que ese documental finalice con una canción de Burt Bacharach y Hal David, en concreto What the world needs now is love. Ambas cosas suceden con este Oasis: Don’t look back in anger (123 minutos), testimonio audiovisual del gigantesco bochinche vivido en torno a la gira del año pasado y complemento muy excitante para quienes tuvimos la suerte de experimentarla en tierras británicas.
Noel Gallagher parece ser un hombre cabal y hasta sereno; un tipo perspicaz pero más bien retraído y ajeno a la tentación de la locuacidad, si nos atenemos al retrato audiovisual que rubrican con glorioso despliegue de medios Will Lovelace y Dylan Southern, siguiendo el guion de Steven Knight. Liam continúa ejerciendo de bandarra, pero de malote divertido y, a ratos, jodidamente ocurrente. Y ya nos perdonarán la grosería, pero en el documental solo hay una palabra que se repita más veces que “Oasis”, y es “fuck” (o “fucking”). Los fratelli que acabaron tarifando como perro y gato enfurecidos, los rockeros medio alcoholizados que fueron capaces de suspender una gira y disolver la banda sin previo aviso, entre voces y golpetazos; los divos orgullosos que pasaron al menos tres lustros sin dirigirse la palabra ni conservar el más mínimo contacto, parecen ser ahora dos personas razonables y sensatas, que se respetan y ríen el uno con el otro, que salen a escena cogidos de la mano y predispuestos a admirar de su némesis aquello de lo que cada cual carece. Por eso el título del documental es insuperable, “No mires atrás con rencor”, como una de los más fabulosos himnos con los que Noel sacudió los cimientos de los años noventa. Pero en castellano habríamos dispuesto de una alternativa aún más sabrosa: “Oasis, los hermanitos de la caridad”.
Porque eso parecen Liam y Noel en estas dos horas de filmación, unos tipos que romperían muchos platos pero hoy se enorgullecen de que sus respectivos hijos –que no se conocían– van juntos a los conciertos, han hecho muy buenas migas “y se pillan pedos como jodidos piojos”. Las imágenes de las semanas de ensayos previos son impagables, con un Liam insolente (e indolente) que se comporta como un hurón, no abre la boca, aparece cuando le da la real gana y se marcha de manera abrupta, enfurruñado con el mundo sin motivo aparente, mientras Bonehead, el recuperado guitarrista original, se mofa de la situación y bromea con su delicada posición en el escenario, “convertido en un sándwich de Gallaghers”. Y a Noel lo redescubrimos como un hombre frágil, inseguro, casi ensimismado. Tan atenazado por los nervios, a sus años y después de tantísimas horas de vuelo, como para que en el primer concierto de reconciliación, en Cardiff (Gales), sienta un “infierno” durante esos 40 minutos iniciales en los que se nota a un paso del colapso.
Lo más hermoso de Don’t look back in anger, en todo caso, es el reflejo de la pasión desaforada que generaron esos conciertos, la certeza de que, para quienes los vivieron, suponían “un acontecimiento tan histórico como haber estado en la resurrección de Cristo”. Y ahí no hay postureo que valga. Las imágenes de aficionados muy jóvenes al final de ese primer bolo de Cardiff, con las miradas perdidas y empañadas en lágrimas, abrazados a alguien o absortos consigo mismos, son sencillamente maravillosas. Y muy ajustadas a lo que respiramos allí, in situ, porque la gira de 2025 consiguió conmover incluso a quienes íbamos más de notarios, husmeadores y curiosos que de integrantes eméritos de tan nutrida hermandad.
Y puede, sí, que a los realizadores se les vaya la mano en el retrato de seguidores y seguidoras anónimos a los que la música de Oasis ha guiado en el camino de la vida, como esa víctima del atentado de 2017 en Manchester durante el concierto de Ariana Grande o la orgullosa propietaria brasileña de un perrazo al que ha bautizado como Bonehead. Para efectos beatíficos, nos quedamos, claro, con esas escenas del pastor anglicano que apela al ejemplo de los Gallagher para inculcar entre sus feligreses la importancia del perdón. Y entre los momentos cómicos, uno imbatible: ese jefe de la policía local de Cardiff que transmite a sus docenas de agentes los detalles del operativo de seguridad…, pero no puede sustraerse a la tentación y termina utilizando un título de una canción de Oasis para cada una de sus instrucciones.
Liam y Noel asumen incluso el reto de explicar ante las cámaras las ventajas de ser casi sexagenarios frente al jovial despiporre de sus años de gloria juvenil. Pero lo más importante es que son capaces de burlarse simultáneamente de Mick Jagger, David Lee Roth y de ellos mismos, en la misma secuencia. Y que, para una vez que se ponen serios, es para dejar claro que, aun no sabiendo todavía con exactitud quiénes son, al menos pueden dejar nítida constancia de que nunca serán “una puta mierda de derechas”. Al final, en efecto, a estos sobrevenidos hermanitos de la caridad va a haber que quererlos.