Lo de la camiseta de la selección española no era necesario, Dan. Somos jodidamente buenos en fútbol, y a las pruebas recientes nos remitimos, pero debería ser sencillo comprender que ese no es un rasgo identitario. Como sí que lo son tus guitarras encabritadas, amigo Auerbach, y esa batería del colega, socio, cómplice y media naranja Patrick Carney compartiendo la primera línea del escenario. Pasan los años, pero Pat sigue transmitiendo esa misma sensación de que la batería se le queda pequeña y que de buen grado bracearía en torno a un artefacto aún más devastador. 

Avanza inexorable el calendario, decíamos, y no se ha repetido un fenómeno tan insólito y prodigioso como el de El camino (2011), el álbum con el que los chicos de The Black Keys arrasaron en medio mundo –también aquí– y el que les llevó a reventar en 2012 este mismo Movistar Arena (que entonces sabe dios cómo se llamaba), mientras este domingo ocultaba su tercer anfiteatro con el consabido cortinaje negro. Suena el apoteósico Gold on the ceiling a las terceras de cambio y cuesta sustraerse a la sensación de que Auerbach no ha vuelto a quedarse tan cerca del centro de la diana, ni siquiera con aquel Fever que encabezó el difícil sucesor (Turn blue, 2014) y que de la misma manera nos alegró al comienzo de la noche.

En realidad no hay como hincarle el diente a uno de los títulos más añejos de la noche, el excelente Just couldn’t tie me down (2004), para comprender que el magisterio del dúo viene de largo y queda al margen de los siempre inaprensibles vaivenes del renombre o la aceptación popular, más en estos tiempos falsarios de plataformas que condicionan y juegan con las cartas marcadas. Esa sequedad fiera retrotrae a los Fleetwood Mac primitivos, los de Peter Green, y coincide con el momento en que Carney, errático con el tempo en los tres primeros títulos, comienza a parecerse un poco más al fabuloso metrónomo que siempre ha sido Mick Fleetwood.

No ayuda a la conexión emocional esa absoluta parquedad de los oficiantes, escudados tras sendas gafas de sol (al igual que sus cuatro pétreos acompañantes), mudos en cuanto a comunicación con el graderío, extraordinarios pero poco o nada expresivos en lo relativo al lenguaje corporal o a la presencia escénica. Por eso a ratos casi sale más a cuenta entrecerrar los ojos y disfrutar de un catálogo en el que Dan puede volverse negroide en un falsete integral, radicalmente bluesero para los siguientes cinco minutos y medio funk, cálido y sabroso, todo ello de manera consecutiva.

El protocolario saludo tardará una hora larga en oficializarse, pero entretanto hemos asistido a una orgía de desarrollos extensos, solos flamígeros, aderezos de percusión latina en la tradición de Santana, órganos de la vieja escuela, boogie pantanoso y, en general, demostraciones múltiples de que a Auerbach y Carney solo les interesa la música no ya ardorosa, sino carnal. Tangible. Con cuerpo y pellizco. Carne y hueso. Está inventada desde hace seis décadas, pero hoy suena casi revolucionaria. Y se agradece mucho la valentía de quienes prefieren las válvulas a los gigabits. Gente con criterio, especies en peligro de extinción. Los bises, los únicos garantizados durante toda la gira, son los imbatibles Little black submarines y, claro, Lonely boy. Qué más se le puede pedir a la vida o, cuando menos, a un domingo por la noche.

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