“¿Y ahora qué puedo hacer si ya estoy muerto y sobra el tiempo?”. Ningún artista de masas osaría garabatear un verso así, pero Iván Ferreiro no ha manejado nunca semejantes códigos. Más bien al contrario: solo desde la perspectiva de un feliz accidente inesperado puede concebirse que un artista como el vigués celebre 35 años de trayectoria (y los que le queden) y lo haga desde un Movistar Arena abarrotado. Sí, incluido ese tercer anfiteatro que suele ocultarse pudorosamente con unas grandes lonetas negras. A veces sucede: el ferreirismo es nuestro clavo ardiendo, la bocanada de esperanza para quienes conciben (concebimos) el pop como una emoción explosiva, pero no pasajera. Las suyas son canciones que no se han limado las uñas, que anhelan la carne y la sangre, que nos acaban alterando el torrente sanguíneo. Y que dejan secuelas, aunque en los análisis convencionales no sepan en qué marcador detectarlos.

El verso mortuorio aparece, claro, en Muertos (del álbum Ultrasónica, 2001), y fue una de las muchas incursiones de este domingo radiante, casi resplandeciente, en el repertorio de los inolvidables Piratas, una formación a la que le sienta particularmente bien el paso del tiempo y de la que su voz cantante ha hecho bien en no renegar nunca, a diferencia de lo que suele suceder en artistas con trayectorias en solitario cada vez más extensas y consolidadas. “Le tengo que contar a mi madre que habéis venido todos”, suspiró Ferreiro tras dar cuenta de la estupenda Toda la verdad en su único parlamento, dispuesto como estaba a exprimir el cronómetro, dejarse de “mierdas” como el paripé de los bises y ahorrarse explicaciones sobre unas canciones que, a fin de cuentas, a estas alturas ya significan lo que cada receptor decida que explican, representan o incumben.

La parquedad de palabras es una decisión coherente y también arriesgada, porque amputa una parte del ritual del directo, esa que aporta solemnidad con la pausa o con el discurso, la que subraya puntos culminantes más allá de los que cada cual quiera atesorar en la memoria, las stories o el bloc de notas (suponiendo que todavía subsistan en el bolsillo de algún fan romántico). Pero puede no ser imprescindible, admitámoslo. Iván lo fía todo a ese repertorio suyo enfático, torturado, revirado en lo emocional, intenso como solo él sabe serlo sin parecer cargante. Nada haría pronosticar que un colectivo de 15.000 fieles entusiasmados (y sin manual) celebraría con tanto fervor los 35 años de un cancionero lúgubre, oscuro y personalísimo, pero Ferreiro ha conseguido afianzarse como el rara avis más inspirado que mora en las trincheras de nuestro pop.

Ferreiro lleva ya dos décadas firmando en nombre propio y legando, desde el comienzo de ese periodo solista, chispazos como Extrema pobreza, con ese pathos tan asimilable al de Radiohead. Pero el germen de ese tormento proviene de mucho antes, del muchacho saltarín que ya en 1997 podía sollozar “Te echaré tanto de menos que no sé cómo parar esta canción” (Te echaré de menos, del álbum Manual para los fieles) y que en aquel mismo trabajo inculcaba un aire entre hindú y beatlemaniaco a Fecha caducada. Constatar que han transcurrido ya casi tres décadas desde aquello abocaba al ensueño de la nostalgia, pero más aún con la recuperación de la soberbia y menos divulgada Jugar con los coches, una pieza tan emotiva que, casualidades del directo, Iván arrancó en falso por dos veces. “Parezco nuevo, ahora os prometo que la voy a hacer bien”, se conjuró –son muchos años, son muchas tablas– sin dejar que la situación se le volviera embarazosa.

También pifió y se le borró de la memoria a Leiva su Breaking Bad, tan nervioso como andaba el “hermano madrileño” (inolvidables aquellas giras acústicas de los dos, mano a mano, tres lustros atrás) de aportar un título propio a la gran fiesta dominical de este verano tardío. Aplacadas las inseguridades de nuestro colchonero de la fina estampa, el tándem regaló el momentazo de Promesas que no valen nada encadenado con una lectura sencilla y casi eufórica de Insurrección, himno entre los himnos de El Último de la Fila y de esos Años 80 que el propio Iván también terminó consagrando en otro de esos felices accidentes de su trayectoria. Pero mayor euforia se desató aún con la irrupción sin previo aviso del más ilustre de sus paisanos del gremio, Xoel López, en un Turnedo que terminaron coreando sin dejar de abrazarse. Buah.

Fueron dos docenas largas de temas, dos horas y pico de un repertorio desgranado con generosidad inusitada. Y con un despliegue de efectivos para morirse de la envidia: a Iván no le fallaron ni Ricky Falkner al bajo ni ese tridente guitarrero que integran el maestro Pablo Novoa, el siempre imaginativo Emil Saiz (hijo de Suso Saiz: bendito ADN) y, claro está, Amaro Ferreiro. Así cualquiera se hace eterno en las trincheras del pop peninsular.

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