No habrá ni rastro de estas ocho canciones en los listados con lo mejor del año que comenzarán a abrumarnos de aquí a no muchas semanas. Esta afirmación es una mera hipótesis, claro está, pero no parece nada improbable que se cumpla: el firmante de Acrobats carece de adscripciones, círculos de influencia, sinergias propicias o amistades ilustres, así que será difícil que algún gurú de postín tuerza la mirada hasta las exóticas latitudes de Bergen, en Noruega, a la hora de enumerar las mayores excelencias sonoras de la temporada.
Una sugerencia. Tómenles la delantera a los prescriptores. Dobleguen el perezoso algoritmo. Curioseen hasta caer enamorados. Porque estas acrobacias son, a poco que se les acerque el oído, una preciosidad.
Lo llamativo del caso es que no hablamos aquí de ningún neófito. Acrabats pasa por ser el undécimo álbum de su menudo y rubicundo firmante, un muchacho que emprendió su trayectoria discográfica en la postadolescencia, coincidiendo con el alumbramiento del nuevo siglo, y al que ahora, a sus 44 años, le sigue quedando media vida por delante. Pero los observatorios anglófonos carecen de radares orientados hacia las remotas y fértiles tierras escandinavas, así que olvídense: nadie pronunciará el nombre de Sondre Lerche Vaular, este joven veterano de la canción de autor pluscuamperfecta, cuando toque invocar los episodios musicales más memorables de este último giro alrededor del Sol. Y a pesar de todo ello, créanselo, pocos trabajos tan hermosos como este que nos ocupa podrán arreglarle hoy el día.
Avatars prolonga el estado de gracia del doble e impresionante elepé Avatars of love (2022) con ese gusto de Lerche por el pop sibarita y de arreglos rutilantes. Lo que acontece aquí es pop mayúsculo, de melodías tan orondas y rimbombantes como las que se estilaban en los tiempos del Tin Pan Alley. Pop cercano y orgánico, pero nada frugal, ramplón ni evidente, siguiendo la estela de los más grandes renovadores de la vieja escuela: conviene imaginarse a Sondre como el siguiente eslabón en una cadena sucesoria en la que ya militan Paddy McAloon (Prefab Sprout), Mark Hollis (Talk Talk) y, cómo no, Neil Hannon (The Divine Comedy).
De ahí que en Acrobats no nos falte de nada: ni las secciones de cuerda ni las instrumentaciones laberínticas; ni el romántico vals para abrir el salón de baile (In the time before I knew her well) ni las eclosiones electrónicas de Follow the river, una serenata épica de 9 minutos, con un estribillo en el que regodearse a pleno pulmón, que no podrían superar ni los Pet Shop Boys más inspirados.
Ese latido electrónico fulgurante es el que marca la pauta en el fabuloso corte inicial, How much of this was planned, que crece y sigue creciendo en medio del pálpito y del vértigo. En contraste, Little kids es serena, confesional y emotiva, como una balada de Radiohead sin aspavientos; y Drive me away from you adquiere modismos rococós como si en la paleta de inspiraciones irrumpiera otro de los más grandes en estas tres últimas décadas, el inefable Rufus Wainwright.
La audacia melódica de Lerche estalla como la mejor pirotecnia tanto en Love is all (la otra virguería de 9 minutos en el lote) como en el tema titular. Y queda todavía una preciosa noticia para los aguerridos defensores del formato físico, y es que el CD de Acrobats incluye como propina las tres no menos adorables canciones que a principios de 2026 vieron la luz como EP bajo el título de una de ellas, Turning up the heat again. Búsquenlas, porque también son mollares. Y no exentas de sorpresa, como el aire vaguísimamente chileno que alienta Diplomacy; demostración, de paso, de que al gran Sondre Lerche tampoco le da miedo escribir en el endiablado compás de cinco por cuatro.
Una joya, este muchacho.