The Beatles ya eran algo más que enormes a la altura de 1965, con apenas tres años de bagaje discográfico, e incluso aunque se hubieran esfumado en ese momento acumularían méritos más que sobrados para un rincón destacadísimo en la historia de la cultura popular. Al menos dos de los cinco álbumes publicados hasta ese instante, Please, please me (1963) y A hard day’s night (1964), merecerían para siempre las consabidas cinco estrellas en cualquier evaluación, pero pocos podían imaginar aún que lo mejor, lo extraordinariamente superlativo, aún estaba por venir. Y Rubber soul, en circulación desde diciembre de 1965, representó ese punto de inflexión, el triple salto mortal sin retorno que transformó una banda ya imprescindible en el evento más importante que ha conocido (y conocerá) la música popular en toda su historia.
Más allá del desdichado epílogo misógino de Run for your life, que en lo musical tampoco aportaba gran cosa, los otros 13 capítulos de esta obra superlativa representaban el salto a la vida adulta, el refrendo de la beatlemanía como una fuerza verdadera y radicalmente transformadora en lo artístico y lo social. Y, sobre todo, la demolición de cualquier barrera: los de Liverpool podían lanzarse a la sonoridad del sitar (Norwegian wood), coquetear con el francés (Michelle), crepitar como nunca antes (Drive my car), volverse camerísticos o sofisticados. O entregar, en el caso de Lennon, dos de las páginas más hermosas que han conocido registro fonográfico en la historia de la humanidad, In my life y Nowhere man. Que un muchacho de apenas 25 años fuese capaz de escribir dos obras de arte de semejante hondura entra de lleno en el terreno de los más inescrutables misterios de la vida.
Y ahora, en el flujo ininterrumpido de las reediciones de los Fab Four, llega el turno a esta obra de arte inconmensurable a la que Giles Martin, el hijo de sir George Martin, limpia, fija y da esplendor. La mejoría, en cuanto a nitidez y separación de voces, es evidente, pero la verdadera madre del cordero de esta nueva (y remozada) publicación nos la encontramos en el disco adicional de descartes, tomas alternativas, maquetas y demás sobras y reliquias rescatadas de aquellas sesiones históricas y meses decisivos. Los 40 minutos resultantes ven la luz ahora bajo el epígrafe The single, demos and sessions highlights e incluyen 16 cortes de interés variable y condición a menudo inédita, aunque no del todo: el sencillo de la época, esa adorable doble cara A que integraban Day tripper y We can work it out, se recupera en su flamante remezcla de 2023, la realizada con motivo de la reedición del doble recopilatorio 1962-66 (ya saben, el “álbum rojo”).
El problema de este fondo de armario es que lo más lúcido, granado, sorprendente y significativo de cuanto acontecía en Abbey Road ya lo descubrimos en 1995 y 1996 con las tres entregas dobles de la serie Anthology, un sabrosísimo ejercicio de arqueología en el que afloraron auténticas joyas y rarezas merecedoras de tal definición, de manera que lo que se ha venido rescatando desde entonces no dejan de ser los restos de los restos. Con todo y eso, hay pasajes con los que relamerse. Por ejemplo, la toma 2 de la segunda versión de Norwegian wood, en la que advertimos cómo la presencia del sitar iba a haber sido aún más prominente. Y la segunda versión de I’m looking through you, aquí representada en su toma 3, vuelve a mostrarnos algo que ya descubrimos en 1995, que Paul no escribió el puente (“Why, tell me why…”) hasta el ultimísimo minuto, pese a lo que la canción se sostenía con la incorporación de un par de estupendísimos solos instrumentales de 12 compases.
La sensación de colarnos en el estudio 2 de Abbey Road y compartir confidencias, probaturas, risotadas y demás bandazos tiene un efecto entre histórico y sentimental de valor inestimable. Y las maquetas caseras tanto de Day tripper como de We can work it out son muy toscas y primitivas, sin duda, pero también emocionantes. Son debilidades solo para beatlemaníacos, sin ninguna duda, pero… ¿cómo renunciar a estas alturas a la religión más pletórica y redentora que nos legó el siglo XX?
Con todo ello, solo no se comprende (nada) bien que en esta edición en doble CD se omita la gran joya de todo este proceso de restauración de Rubber soul, la aparición de una demo de John Lennon con una canción de la que no sabíamos ni media palabra, Little girl, que debemos considerar la penúltima página histórica a falta solo de que ese inaudito delirio de 14 minutos titulado Carnival of light, un experimento ruidista grabado el 5 de enero de 1967 después de incluir las últimas voces a Penny lane, vea en algún momento la luz de manera oficial (en YouTube podemos hacernos una idea de lo que era aquello). Little girl es un mero bosquejo doméstico, una melodía para la que John garabateó dos letras diferenciadas y previó una tercera vuelta acompañada por su tarareo. Estaba en una fase muy inicial de construcción, habría necesitado desarrollo con alguna melodía para una hipotética parte B y parece que ni siquiera llegó a oídos de McCartney: Lennon la dejaría olvidada entre sus grabaciones caseras.
Con todo, Little girl es preciosa, o al menos pudo (sin duda) llegar a serlo, sobre todo con su singular disonancia justo al final de la estrofa. Y que solo figure en la edición superdeluxe de cuatro discos (el tercero es la versión mono del álbum y el cuarto, la edición estadounidense, con algunos cambios poco sensatos en el repertorio y su orden) es una decisión editorial muy injusta para premiar solo al completista adinerado.