Los grandes dinosaurios del rock se resisten a emprender el camino de la extinción, y bien que agradeceremos siempre este esfuerzo por prolongar ese pulso en el que el tiempo siempre acabará por doblegarnos. Por eso no es del todo una sorpresa que los icónicos Yes aún expriman las enseñanzas de su propio legado con la entrega número 24 de una carrera agitadísima en cuanto a idas y venidas, incorporaciones estelares y deserciones estruendosas, pero que roza ya las seis décadas a poco que reparemos en que aquel remoto primer y homónimo álbum data de 1969.

La gran novedad en lo que se refiere a Aurora no es en realidad su misma existencia, sino su excelencia. Con esto no contábamos, ni por cuestiones biológicas ni por lo que podíamos prever a partir de los antecedentes más cercanos. Pero resulta que la obra que redondea esta segunda docena de álbumes del gigante progresivo no solo es la mejor del siglo XXI, sino que uno de sus cortes, el más extenso, ambicioso y laberíntico, nos permite soñar durante 13 minutos con los tiempos más irrepetibles de la banda. Se titula Countermovement, es una suite de cuatro movimientos tan bien definidos como engarzados y sus evidentes apelaciones al espíritu y la estética de Close to the edge (1972), la gran obra maestra de toda la colección, permite que a ratos se nos ericen los cabellos como ya no podíamos imaginar ni en el más optimista de los escenarios.

En realidad, resulta que la actual alineación de Yes se está afianzando como una de las más estables de la banda, una paradoja simpática en una formación de árbol genealógico imposible de memorizar. Y aunque ninguno de los cinco integrantes actuales figurase en aquel Yes remoto de hace 57 veranos, el guitarrista Steve Howe (Londres, 1947) ejerce como guardián de las esencias, Jon Davison evoca la tesitura agudísima de Jon Anderson desde un ángulo más meloso y Geoff Downes ha encontrado una fórmula para los teclados más basada en la originalidad tímbrica que en la mera virguería. La poderosa base rítmica del bajista Billy Sherwood y el batería Jay Schellen redondea la jugada y refrenda el proceso de consolidación: si el primer elepé del actual quinteto, The quest (2021), era blandurrio y desvaído, Mirror to the sky ya mostraba en 2023 un evidentísimo tono ascendente y esta Aurora parece metáfora de renacimiento: más allá del mencionado Countermovement, tanto Turnaround situation como Love lies dreaming suman otros 12 minutos de excelencia, pálpito y ese pellizco vertigioso que la escuela progresiva convirtió en paradigma muchos años atrás.

¿Sorprendente? En buena medida sí, pese a las buenas sensaciones que ya se intuían en aquel Espejo hacia el cielo de hace tres temporadas. Pero Aurora suena a trabajo compacto y en equipo, a una obra crepuscular pero heredera legítima de aquellos pináculos de los años setenta: The Yes album, Fragile, Going for the one… Incorpora además la relativa novedad de su ambición sinfónica, en la acepción orquestal del término: las aportaciones de la Orquesta Nacional de la República Checa quedan algo ampulosas y forzadas en el caso de Ariadne, el corte menos logrado del álbum, pero dan mucho juego con el tema titular e inaugural, que gana a cada escucha hasta convertirse en un pequeño himno. Y queda aún el consabido epílogo acaramelado de Davison, que esta vez con Emotional intelligence sí consigue sonar más emotivo que atildado.

Incluso en el juego ya recurrente de los bonus tracks, las canciones fuera de guion que se presentan casi como “regalo de la casa”, Aurora mejora de largo las rarezas de sus dos antecesores. De hecho, entran ganas de escuchar en directo ese aire fardón de años sesenta que subyace en Jambustin’. No, no esperábamos que en 2026 un nuevo álbum de Yes nos provocase el impulso de reiterarnos en la escucha, pero con Aurora se concreta ese pequeño gran milagro.

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