No es el productor, compositor y cantante David Rodríguez el paradigma de artista infatigable y estajanovista en solitario, que digamos, así que a la fuerza hemos terminado acostumbrándonos a que sus trabajos por cuenta propia sean un tímido goteo demorado. Este Máximo pone fin a los siete años de sequía transcurridos desde Consagración (2018), que a su vez había marcado un lapso similar con respecto a Maracaibo, su antecesor de 2011. Motivo de más para aguzar el oído ante estas 12 nuevas canciones antecedidas por un breve prólogo ambiental, Máximo riesgo, y asombrarse ante el despliegue de ingenio, lucidez y una pizca (o más) de mala baba que La Estrella de David acredita en su estreno para Sonido Muchacho, una de las indiscutibles escuderías discográficas de moda.

“Yo quiero enamorarme de ti, quiero sacar de una vez tu cabeza de mi culo” es la primera frase que a bocajarro nos descerraja Rodríguez en Yo quiero enamorarme de ti, primer corte tras la etérea introducción antes referida y paradigma de lo que nos espera: un disco lenguaraz e inesperadamente enrabietado y juvenil para lo que el tópico (maldito edadismo) atribuye a esa generación X que ya peina canas. Porque Máximo no se achanta ante ese rock guitarrero y universal, más británico que otra cosa, bullanguero pero melódico y muy predispuesto a las filigranas en las líneas de bajo, con The Cure siempre a la vista, aunque sea con el rabillo del ojo, a través del retrovisor.

Nada que ver con ese lo-fi contestatario y abiertamente alternativo de episodios anteriores. Aquí tampoco es que nos postulemos a las radiofórmulas, si es que tal concepto aún estuviera en vigor, pero los chispazos son de los que dan calambre y erizan el cabello. Hay lugar para el ritmo, el tarareo y la sorna. También para la reincidencia, porque las sorpresas no se agotan con apenas una o dos escuchas.

Afilado, sardónico y divertido, aunque siempre desde la autoparodia y la mordacidad, La Estrella de David asume el papel de hombre enamoradizo, sí, pero desde el cauto escepticismo de quien ya ha acumulado los suficientes trienios sentimentales como para saber que los flechazos acaban no pocas veces en herida mal cicatrizada. El catalán acepta un costumbrismo matritense no pocas veces envenenado (“Cariño madrileño, ¿por qué me empeño en seguirte queriendo?”, en Cariño madrileño, con letra de Luis Troquel) y salpica el discurso con un imaginario popular deliciosamente disparatado: desde Amancio Ortega a Manolo Escobar, con escala en la bíblica caída del caballo de San Pablo.

Ese pellizco de lúcido desencanto, incluso el deje vocal, traza un paralelismo entre David y, sobre todo, Julio de la Rosa, pero también con un Joe Crepúsculo que aquí asume órgano y coros durante toda la entrega. Hay segundas voces de La Bien Querida y Hugo Sierra, pero sobre todo la sensación de que en cualquier frase puede surgir el fogonazo feliz. De ahí precisamente que cueste entender la desidia editorial de no incluir las letras, ¡ay!, en la carpeta del vinilo.

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