Foreign tongues no solo es un disco bueno (muy bueno), sino inexplicablemente bueno. El regreso de la madre-de-todas-las-bandas-de-rock-del-mundo-mundial llega menos de tres años después de Hackney diamonds (2023), que ya consideramos milagroso porque ponía fin a un silencio discográfico de 18 años Y, aunque es una prolongación de su espíritu y filosofía (un golpe de pecho, un aullido de supervivencia), es bastante mejor que ese antecesor. Digámoslo claro: Foreign tongues es a ratos tan bueno que no te lo puedes creer.
¿Cómo explicarlo? Quizá haya que pensar en Andrew Watt como gran revulsivo, el productor de ¡35 años! (Nueva York, 1990) que ya se colocó a los mandos en Hackney diamonds y que también ha producido este mismo 2026 el fabuloso The boys of Dungeon Lane, de Paul McCartney. ¿Un mocoso milenial treintañero es el único ser humano capaz de estimular y poner las pilas a nuestros más entrañables viejitos octogenarios? Parece ser que sí, y que Dios le bendiga. Pero hay una diferencia: con Macca ha buscado la sorpresa, la indagación. A los Stones los hace sonar como los mejores Stones. Unos tipos quintaesenciales, solo que medio siglo después de cuando les habríamos atribuido esa condición. Y eso que estamos siendo piadosos con la cuenta temporal: el primer álbum de nuestras Piedras Rodantes data de 1962, así que hablamos de 64 años de historia. Superen eso.
Foreign tongues incluye 14 canciones (las mismas que el de McCartney, qué casualidad), pero se va por encima de los 60 minutos de duración, tirando por la borda todos los criterios de mesura que impone la era digital. Son Jagger, Richards y Ronnie Wood, amigos: ellos pueden hacer lo que les venga en gana. Además, nadie ha dicho que el mundo sesgado de Spotify, con todos esos algoritmos teledirigiéndonos las escuchas y convirtiéndonos en títeres con orejas, no deje margen a la sorpresa. Y en ese capítulo podemos apuntar una muy llamativa: la canción más escuchada en plataformas de Sus Satánicas Majestades (25 elepés en estudio, seis décadas de historia) es Paint it, black (del disco Aftermath,1966), una marcianada de letra lisérgica, música alucinógena y mucho sitar de Brian Jones. El suyo no es un liderazgo por los pelos: dobla prácticamente en escuchas a la segunda de la lista, (I can’t get no) Satisfaction,esta sí bastante más predecible. Así pues, tres hurras por los discos de larga duración, esos que ahora casi habían desaparecido del mapa.
¿Y qué encontramos en estos 14 temas? Veamos:
– El último vestigio de la batería prodigiosa de Charlie Watts, al que perdimos en agosto de 2021. Dejó a medio acabar Hit me in the head, una canción chulesca y medio punk en la línea de los Ramones. De ensueño.
– El mejor primer single de la banda en siglos. Se titula In the stars y es instantáneo, pegadizo, brillante, tremendo.
– Una incursión de Mick Jagger en el falsete del soul clásico para Jealous lover, un temazo que podría haber firmado Curtis Mayfield. ¿Cómo se conservan así las cuerdas vocales con 82 años? No tenemos ni la menor idea. Tampoco nos queda claro si la calistenia sirve para explicar su forma física y la capacidad intacta para vestir vaqueros extremadamente ajustados.
– Un baladón country sensacional (un género que nuestros chicos reservan para las ocasiones especiales), Ringing hollow, que parece una canción de amor pero tiene bastante más chicha: es un canto compungido de amor hacia Estados Unidos en estos tiempos siniestros. “Lady Liberty no parece encontrarse demasiado bien. Se le nota una lágrima en el vestido”, dice la letra.
– Una puesta al día de sus adicciones en la muy confesional Side effects. No es los simpatizantes del diablo se rasguen ahora las vestiduras por sus muchos sexenios cotizados de vida crápula, pero avisan a los navegantes que tampoco merece la pena pasarse siete pueblos. O eso parece dar a entender Mick; quizá Keith esté mucho menos convencido en lo tocante a las sustancias tóxicas.
– Dos versiones sentidísimas, singularísimas y, en cierta medida, inesperadas. El álbum concluye con una lectura de Beautiful Delilah, de Chuck Berry, el mismo pionero absoluto del rocanrol del que tomaron prestado otro tema, Come on, como primer single para la historia de los Stones en el antes mencionado 1962. Un detalle muy bonito, sin duda. Pero aún más conmovedor es que se apele a los clásicos contemporáneos con una lectura, muy fiel pero también muy sentida, de… You know I’m not good, de ¡Amy Winehouse! Lo que habríamos dado por verlos juntos.
– Tres colaboraciones algo más que estelares, las de Robert Smith (The Cure), Steve Winwood (en el órgano Hammond) y Paul McCartney, de nuevo ejerciendo como mero bajista para la balada Covered in you; una faceta esta, la de músico de sesión, a la que también le relegaron hace tres años para Bite my head off. El caso de Robert Smith es el más pintoresco, porque el líder de The Cure, embobado en su condición de fan absoluto, no quería participar en ningún caso en un elepé de los Stones, quizá porque no se considerase lo bastante digno de semejante honor. Pero al final terminó aportando guitarras a Divine intervention y segundas voces al rock discotequero de Never wanna lose you. Son casi indetectables, eso sí.
Y, por último, dos canciones superlativas. Una de ellas es la penúltima del álbum, un fantástico baladón eléctrico, con suplemento proteico de metales y un gran solo de Ronnie Wood en su tramo final, que se titula Back in your life y es tan buena como cualquiera de las grandísimas baladas del catálogo: Waiting on a friend, sin ir más lejos. Y la otra es Divine intervention, esa en la que participa Smith. Su título termina resultando premonitorio: solo mediante intervención divina (o diabólica) puede explicarse una explosión tan trepidante por cuenta de unos señores que, en el caso de Keith Richards, acaban de ser bisabuelos (Luna Richards-Von Bismarck, nacida la segunda semana de mayo) y no se atreven a volver a los escenarios porque la artritis ya les hace la vida imposible.
Intervenciones divinas, sin duda. Gracias, Señor.