Hay pocos artistas tan brillantes como Teddy Thompson con los que el destino haya sido tan cicatero. El hijo de Richard y Linda Thompson (menuda genética superlativa, ahí es nada) despuntó pronto como un autor inspirado, tierno y trémulo, tan ultrasensible que era difícil no sentirse atraído por sus retratos sobre los recovecos del alma, y debió triunfar ya hace 20 años con aquel segundo álbum precioso, Separate ways, que le sirvió para fichar por Verve pero con el que no llegó a superar la engorrosa condición de artista “de culto”. En el año en que aquel joven pelirrojo con cara de niño bueno y atribulado alcanza el medio siglo de vida, Never be the same sirve para refrendar su maestría para la canción pequeña y preciosa, para la orfebrería de trazo fino, para ese pulso sentimental que parece invitarnos a abrazar a su oficiante. No sucederá nada, a efectos de relevancia entre el gran público, con estos 10 cortes breves –tres minutos por pieza, media hora de disfrute reconcentrado– y preciosos, pero nos queda el orgullo íntimo de exprimirlos y reivindicarlos, de volver a enamorarnos locamente con las grandes canciones al desamor.

No hay nada mejor, en ese apartado que el londinense domina cual autoridad internacional en la materia, que Not what I need, prodigio de ingenio libérrimo en la construcción. “No eres lo que necesito, lo siento. Debería habértelo dicho hace semanas”, comienza anunciando nuestro protagonista, envuelto esta vez en unas tenues guitarras eléctricas, cuando de manera por completo sorpresiva interrumpe el discurso y se frena a sí mismo y a la banda… para sustituir esas “semanas” por “meses”. Es un fogonazo ingenioso de este cronista cualificadísimo de los corazones rotos, un muchacho que ya no lo es tanto pero que sigue bebiendo de los modos y estructuras de la canción clásica a la manera de los Everly Brothers, siempre con un regusto de country de vieja escuela, para dar cuenta de quebrantos, dolores y relaciones descarriladas.

Teddy merecería trascender como la versión atribulada de su gran amigo Rufus Wainwright, siempre más dado a la sorna, el pellizco y el colmillo afilado. Tienen algo de yin y yang, de hombres adorablemente complementarios, pero Thompson parece asumir el alcance limitado de su repertorio lindísimo y de ahí la humildad formal de este Never be the same, el gusto por las canciones breves, pausadas y sin apenas estribillos. Entre el aire campestre y el vals, transitamos por la compungida So this is heartache o la conmovida Baby it’s you, por ese soberbio medio tiempo eléctrico de Worst weeks of my life que conecta, desde Londres, con lo más grande de la Costa Oeste: Eagles, Jackson Browne, John David Souther.

Son canciones que calan como lluvia fina, que no sirven para el reel o la filigrana en formato radio edit. Canciones con un deje tan vaquero como I remember, pero también capaces de la evanescencia adorable de la despedida, Same old song, “entre la melancolía y el alcoholismo”. Un disco maravilloso: con el tímido Teddy hay que decirlo más a menudo y más alto.

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