Mucho antes de que “polarización” se convirtiera en un término de uso recurrente y cotidiano, en el polisílabo que explica muchas de las dinámicas de una sociedad permanentemente enfurruñada y en la vencedora en todas las clasificaciones sobre las “palabras del año” que designa la Real Academia, los británicos Muse ya brindaban la banda sonora a ese inagotable juego de los extremos, a la dialéctica extrema en virtud de la cual entre el blanco inmaculado y el negro impenetrable no existe la más mínima tonalidad merecedora de un hueco en el pantone.

Puede que The Wow! signal, décima entrega ya dela banda que integran de manera invariable Matt Bellamy, el bajista Chris Wolstenholme y el batería Dominic Howard desde hace ya tres décadas (asómbrense), no sirva para que nuestro trío protagonista de estas líneas deje de ser una de las formaciones al tiempo más admiradas y aborrecidas de cuantas encuentran acomodo en el planeta Tierra y hasta en el sistema solar. Pero convengamos por esta vez, si se permite el debate y el matiz, que Muse han redondeado su álbum más convincente desde los años en que cimentaron su leyenda, la gloriosa y la negra; aquellos tiempos en Origin of symmetry (2001), Absolution (2003) y no digamos ya Black holes and celebrations (2006) se nos grabaron a fuego en esas páginas neuronales de la memoria musical que ya nos acompañarán para siempre.

The Wow! signal reúne la virtud de partir de un episodio atractivo y propicio para un álbum conceptual, circunstancia que a Bellamy le sirve esta vez para hilar un discurso y actualizar y expandir su discurso (rock musculoso y guitarrero, a veces progresivo pero a ratos también discotequero, y siempre aferrado a un manierismo extremo) de una manera mucho más convincente de lo que habíamos escuchado en discos dispersos y poco asentados en los altares de la afición. ¿Cuántas canciones recordamos con nitidez de Drones, Simulation theory o Will of the people, sus entregas discográficas entre 2015 y 2022? O mucho nos equivocamos o Wow! no será presa del rápido olvido.

La historia de aquella misteriosa señal de radio que en 1977 sugirió la existencia de vida extraterrestre, al menos según el profesor de la Universidad de Ohio que la analizó (y exclamó la ahora icónica interjección), sirve para hilvanar un discurso en el que, además de florituras, hay espacio para la digresión inteligente (Hexagons), los bajos bailongos prestados por la música disco (Nighshift superstar), las sofisticadas progresiones tecno bajo la estela de Depeche Mode (Unravelling) y hasta un atípico dúo con Ellie Goulding, Hush, que propicia un inesperado espacio de pop desenfadado.

 
El concepto de espacio exterior le sienta muy bien, claro está, a una banda tan habituada a la épica aparatosa. Quienes busquen las filigranas guitarreras y los falsetes denodados de Bellamy no tardará en dar con ellos en número e intensidades generosos, cómo no. Pero Muse no son una parodia de Muse en The Wow! signal, sino la mejor formulación de su ideario. Y todo ello hasta llegar a ese epílogo bellísimo, Space debris, que de pronto encuentra un espacio de serena solemnidad en la que Matt, Chris y Dominic caen en la cuenta de que un álbum interestelar como este no podía dejar de recordarnos, siquiera intuitivamente, la grandeza esplendorosa de los mejores Pink Floyd. Ahí queda eso.

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