Nosotros ya sabíamos que Azniv Korkejian, la muchacha nacida en Alepo (Siria) que vivió su infancia en Arabia Saudí antes de encontrar acomodo en Los Ángeles, era una artista adorable y prodigiosa. Ahora, con este cuarto álbum entre las manos, no solo refrendamos los mejores diagnósticos previos, sino que caemos en la cuenta de su condición de mujer hipersensible, su predisposición a despejarnos interrogantes sobre su propia vida y la capacidad para escribir canciones atemporales que atrapan desde la primera escucha, pero acaban empapándonos los tímpanos y las entendederas a medida que vamos familiarizándonos con ellas.
Desde los tiempos del ya precioso Bird songs of a killjoy (2019), un segundo disco que tampoco podíamos parar de escuchar cuando dimos con él, sabíamos que la mujer que se bautizó artísticamente como Bedouine posee una voz profunda, grave, serena y narcótica que emplea con una gravedad y una hondura conmovedora hasta niveles casi inquietantes. Esa sensación de que el folk-pop y la canción de autor del Laurel Canyon no habían estado tan bien representadas en el último medio siglo, tal que si los Carpenters regresaran a sus momentos de gloria, se agudiza con estas nueve canciones para las que Korkejian ha sabido ampliar la paleta de colores e introducir flautas de jazz ligero (One thing right), filigranas de cuerdas con misterio y evocación (White patent leather), aromas de bossa nova para la eternidad noctámbula (Na na na), apelaciones directas a la herencia de Karen Carpenter (On my own) y melodías tan nostálgicas y maravillosamente dibujadas que, como Long way to fall, pueden traernos a la memoria aquel Best that you can do de Burt Bacharach para Christopher Cross.
A ello le añadiremos la incursión oriental para Deghma cheega (“No existe cura”), nuevo amago de bossa nova con el atractivo inmenso de esa letra escrita en un armenio que nos suena ininteligible, pero embaucador y enigmático. Y ese fabuloso estriptís emocional que representa Canopies, que cuenta con una introducción en forma de grabación furtiva a la madre de la propia artista y que luego escuchamos como canción principal y, para cerrar el álbum, en versión de piano solo.
De ahí que la herencia familiar, los orígenes, la infancia, el legado, la tradición y el periplo vital adquieran tanto protagonismo en esta colección de piezas entrelazadas por su parejo espíritu melancólico. Un disco, en definitiva, embaucador y con sorpresas en la letra pequeña de los créditos: nadie imaginaría a Jonathan Rado (Foxygen) como coproductor de Azniv en dos cortes ni a los hermanos D’Addario (The Lemon Twigs) en la alineación instrumental de On my own, pero el ascendente de Bedouine se está volviendo transversal e imparable.