Cualquiera que haya tenido la suerte de contemplar a Glen Hansard en directo (y algunos ya le hemos vivido, sentido, llorado y disfrutado unas cuantas veces) sabe bien que a su emotividad consustancial se le suma sobre las tablas una pasión desaforada, con ese punto de visceralidad propio de quien asume cada noche como un episodio irrepetible y no como el mero despliegue de un repertorio previamente calculado y extendido a lo largo de sabe Dios cuántas veladas y países. Por eso tiene tanta lógica un álbum en directo del fabuloso cantautor dublinés, este alto en el camino que no suena a compromiso contractual ni estratagema para rellenar hojas del calendario mientras no lleguen las siempre deseables visitas al estudio con nuevas composiciones en la carpeta.

Es más, teniendo en cuenta que el álbum en vivo más relevante de Hansard, Set list, se remonta a sus tiempos al frente de The Frames y testimonia una visita al Vicar Street de su ciudad en noviembre de 2002, queda claro que iba tocándonos ya el honor de ser partícipes de esta ceremonia. Porque, dejémoslo claro antes de seguir, las 20 interpretaciones recogidas aquí a lo largo del 20 y el 21 de abril de 2025 en el Funkhaus East de Berlín, en una sala de culto en la que apenas hay hueco para 600 almas, son extraordinarias.

La canción que aparece como apertura del segundo volumen (Transmission west)de este elepé doble en dos entregas independientes, Revelate, ya figuraba como uno de los puntos culminantes en aquel ahora lejano Set list y simboliza bien la vigencia y longevidad de una escritura que no se atiene a modas ni pautas temporales, sino que bebe de la vieja escuela de rapsodas dublineses, de las enseñanzas callejeras después de muchas horas tocando para los paseantes en Grafton Street y de todo el aprendizaje adquirido durante la escucha de los álbumes de Van Morrison, una influencia aún más marcada y evidente cuando entran en acción los metales que aportan Michael Buckley y Ronan Dooney. Y aunque Glen encuentra hueco para rendir tributo a sus etapas con The Frames y The Swell Season (el dúo con su expareja Markéta Irglová, responsable, sin ir más lejos, de la desatada y emocionantísima When your mind’s made up), son los hasta la fecha cinco álbumes en solitario de Hansard los que marcan aquí la pauta, quizá también por reivindicar una etapa muy completa pero carente, quizás, de un elepé incontestable. De esos que, bajo su estela y ascendente, propician todos los consensos.

La seguridad del autor de discos como Between two shores o All that was East is West of me now está tan seguro de su ya nutridísimo cancionero que deja fuera de la selección tanto su canción en solitario más conmovedora, la bellísima Bird of sorrow, como la que de lejos le ha reportado una mayor popularidad, aquel Falling slowly que le valió un Óscar tras aparecer en la película Once. Es una decisión atípica, pero mucho menos que la más extraña de todas las peculiaridades de Don’t settle, ese capricho difícil de comprender por el que, en lugar de concebirse como el doble elepé en directo que es, se ha dividido en dos entregas independientes y separadas menos de tres meses en su fecha de publicación. Reseñar el primer álbum era absurdo en ausencia del segundo, pero ni siquiera se acaba de advertir un hilo conductor temático o estilístico que diferencie el volumen 1 (East) del 2 (West), así que atribuyamos esta circunstancia a cualquier travesura de su firmante para conmemorar el fin de semana en el que soplaba las velas de su cumpleaños número 55.

La peculiaridad es que el regalo acontece, en esta ocasión, de manos del cumpleañero hacia quienes llevamos un cuarto de siglo sin perderle en ningún caso de vista, incluso cuando ha llegado a desconcertarnos con algún disco (This wild willing, 2019) que aún no pudimos procesar del todo. Nada importa ante el elevadísimo voltaje de emotividad y arrebato que aquí se reconcentra durante hora y media de fuego (Down on our knees), balada (Leave a light) e inflexiones célticas (McCormack’s walk, The feast of St. John). Sin asomo de correcciones, regrabaciones o añadidos, faltaría más. Don’t settle es una fotografía preciosa y temperamental de un hombre a la vez arrollador y ultrasensible, la encarnación de la excelencia trovadoresca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *