No hay maquillajes, postureo ni medias tintas en el estreno discográfico de estos seis chavales del lumpen (creativo) madrileño. Dura Calá saben y huelen a callejón puro, a canalleo del bueno, a mucha vida desgastando la suela sobre las aceras y frecuentando los parques chungos con grafitis hasta en el último centímetro cuadrado de hormigón. La propuesta es barrial hasta los tuétanos, pero para disfrutarla no hace falta haber compartido vivencias: seamos cómplices, solidarios o meros testigos, estas 10 canciones con las que familiarizarnos con los nombres de Kash, Dani, Joni, Klavo, Benco y Niño son lo bastante genuinas y ocurrentes como para que resulte sencillo empatizar con ellas.

Ninguno de estos seis artífices encajaría con el arquetipo del “macarra de ceñido pantalón”, por tomar prestado el célebre verso sabiniano, pero se intuye a las claras que no hablan de oídas. ¡Ay! es un título ínfimo para una galería de retratos matritenses, de golfos, pillos, amantes fogosos, gente chunga, maleantes de poca monta y demás fauna de un costumbrismo no universal, pero sí verídico y reconocible. Los Calá admiten que en sus historias hay un híbrido entre vivencias personales, movidas confiadas por gente cercana y alguna concesión a la fantasía literaria, pero la chulería y el deje sí que son auténticos. O fetén, si queremos adoptar una pose más malasañera (o, mejor dicho, chamberilera).

Nunca podremos ya averiguarlo, pero tienta desarrollar la fantasiosa idea de que Carlos Saura habría abrazado este cancionero como inspiración y banda sonora de alguna nueva incursión en el cine quinqui. Dura Calá aúnan dos palabras que comparten prefijo y se vuelven imprescindibles en este entorno: el desparpajo y el descaro. Suenan flamencos y agitanaos en Mataora, sureños cual devotos de Canijo de Jerez si pensamos en La Macarena (que no tiene nada que ver con su homónima de Los del Río… o sí), punkis y taquicárdicos a la hora de afrontar (o asumir) La condena. Toca inhalar fuerte y apurar hasta la última calada en esos cigarros convenientemente enriquecidos. Procede imaginarnos las rastas y los pantalones raídos con rayas de mil colores en las primeras filas. Urge adoptar pose de malotes, aunque luego, lejos de la dureza que sugiere su certificado bautismal, sean en el fondo unas divinas hermanitas de la caridad.

¡Ay! bebe de influencias suculentas y hasta merecedoras de amplio consenso comercial, desde Extremoduro a los Fitipaldis o un Calamaro en improbable fase de contención. Y lo publica Calaverita Records, uno de esos sellos discográficos independientes que premian la ocurrencia y la valentía. Ojalá funcione: un poquito de caña al mono, en una ciudad tan gentrificada, le vendría muy bien a sus cimientos sociales.

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