Costará esfuerzo referirse a Ama en términos de estreno discográfico, teniendo en cuenta que a su firmante la respalda una década de andanzas sonoras dispares, plurales e indagatorias, además de, evidentemente, ese par de trabajos a cuatro manos junto a Marcel Bagés con los que ambos se convirtieron en artistas estimulantes y referentes de una nueva sensibilidad a la hora de abordar sonidos acústicos e inspiraciones terruñeras. Pero estas 13 canciones alumbradas cinco años después de Clamor (2021), segunda y postrera entrega del mencionado tándem, constituyen sensu stricto el estreno en nombre propio de la siempre singularísima cantautora (y experimentadora) de Badalona, y de ahí también su empeño por ofrecernos un pálpito diferenciado al que nos había compartido hasta ahora. Comenzando, claro, por una evidente mayor afinidad hacia los latidos de las computadoras, pero también hacia una percusión a ratos tan industrial que, en el caso del corte que da título a la obra, parece extraída de una gigantesca nave del gremio siderometalúrgico.
No podríamos esperar menos de una mujer que ha invertido estos últimos años en formaciones tan alejadas de la convención como los trabajos sobre arquitectura coral en el Barcelona Supercomputing Center o su paso por el Intelligent Instruments Lab de Reikiavik, y que se encuentra además en esa siempre inspiradora y temida encrucijada vital de la cuarta década (hablamos de una hija de la generación del 87). Y mucho de sapiencia acumulada y curiosidad por la que aún no se haya adquirido hay en esta obra en la que el jugueteo rítmico y travieso de Tictac o la tragedia reconcentrada de Ama (en realidad, acrónimo del nombre de su prima Alicia, fallecida prematuramente) comparten espacio con inspiraciones casi falleras, canciones de cuna (Meua) o baladas tan contritas que más parecen oraciones, si nos atenemos a Por tus penas.
Influye en todo este entramado sonoro, con seguridad, el respaldo en la producción del ubicuo Alizzz y el no menos inquieto Pau Riutort, coaligado en los últimos tiempos con Natalia Lacunza o el grancanario El Guincho. Inevitable pensar, entre unas cosas y otras, en que María recordará en este trabajo a Rosalía y agradará con seguridad a quienes acierten a colocarla en su radar entre la infinidad de seguidores de la creadora de Malamente. A fin de cuentas, el productor de Las Palmas estuvo detrás de El mal querer (2018) y en parte de Motomami (2022), por ahondar en la conexión. Pero no hace falta recurrir a los paralelismos para disfrutar del equilibrio entre modernidad y raíz del que hace gala Arnal, ambivalente también en las inspiraciones expansivas (Suspiros, tan juguetona y hasta pizpireta) o compungidas, como en el caso de la melodramática Que me quiten, probable cumbre lírica del álbum por aquello del sentimiento trágico de la vida: “Que me rompan y me rompan / Que me quiten lo que soy / Que me aten con espinas / que yo de aquí no me voy”.
A María le ha quedado, pues, un disco interesantísimo y reconcentrado, porque su cúmulo de emociones se ventila en unos muy fugaces 28 minutos. Es el signo de los tiempos, amigos, pero que no nos falten nunca artistas tan emocionales como ella.