Habrá quienes no estén familiarizados con su nombre, pero incluso muchos de ellos dispondrán sin saberlo de no pocos ejemplos de su obra, ya sea en las estanterías de la discoteca o en las listas de reproducción. Directamente involucrado en la fundación de Simian Mobile Disco y de The Last Shadow Puppets (el adorable divertimento paralelo que encabezan Alex Turner, de los Arctic Monkeys, y Miles Kane), podemos encontrar la rúbrica de Ford como ocupante de la silla de productor en trabajos de –atención– Depeche Mode, Gorillaz, Haim, Kylie Minogue, Foals, Florence + The Machine, Klaxons o los propios Monkeys, por no eternizarnos con la enumeración. Pero no se había animado a estampar su nombre en portada hasta hace bien poquito, con The hum (2023), un disco que empalidece ante el vigor musical y emocional de este sucesor intenso, hermoso, inquietante y, sobre todo, conmovedor.

Lost in another world es una inmersión radical y súbita en una realidad ineludible, pero intrínsecamente incómoda y ante la que resulta muy difícil ocultar el desasosiego. James Ellis Ford se encontró hace unos meses con el súbito diagnóstico de una leucemia agresiva, que le llevó a someterse a una hospitalización urgente y a unas estadísticas de supervivencia desalentadoras. Y aprovechó dos de las semanas para escribir y grabar de principio a fin las 12 canciones que dan cuerpo a este “otro mundo” que nunca había visitado y en el que se ha visto inmerso de lleno y sin aviso previo.

Frente a la placidez de The hum, un estallido de creatividad para aprovechar la prolongada inactividad tanto de Simian como de los Puppets, este segundo álbum es una crónica descarnada y compungida, pero más melancólica y contemplativa que derrotista. Porque hay en ella mucha sorpresa, desconcierto e inquietud, pero también la búsqueda de una cierta evasión flotante, plasmada en un grueso de canciones a ritmo pausado y una intención etérea, como de progresiva pérdida de la fuerza gravitatoria. Y nada mejor que Silver lining (esos destellos de luz solar que logran asomar entre los nubarrones), justo en el eje central del trabajo, para simbolizar esa estética vaporosa y onírica.

La voz de este británico de Leek (un pueblito de apenas 20.000 habitantes en las Midlands occidentales) siempre fue tenue y muy matizada, nada lejos de la folktrónica de James Yuill y James Blake o de ese espíritu lánguido que otorga un encanto instantáneo a, imaginemos, Benjamin Francis Leftwich o James Vicent McMorrow. Pero en el caso de un álbum tan íntimo como el que nos ocupa, las referencias viran hacia un pop más próximo al ambient de Brian Eno o Harold Budd. Y pese a todo, hay margen para temas que acaban resultando contagiosos (Homesick for another world) y hasta bailables (The ever after), una dinámica que solo no encuentra continuidad en la ralentizada, solemne y sobrecogedora Do you ever want to go to your own funeral?: “¿Alguna vez quisiste asistir a tu propio funeral e imaginar que podías ver las caras de todos, sus risas y llantos?”.

Con un ordenador, un micrófono y poco más, desde una silla de acompañante hospitalario, James Ellis Ford exorciza sus demonios, comparte dolores e imagina escenarios inesperados a los 47 años de edad. Es emotivo y sobrecogedor, aun sin entender una sola palabra. Valiente y muy bello. Una foto fija terrible, pero cargada de una hermosura atemporal y eterna. Solo podemos desearte lo mejor, James.

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