A estas alturas del partido y de su trayectoria, con docena y media de álbumes a las espaldas y a escasas semanas de soplar 75 velas en la tarta de cumpleaños, Kevin Roosevelt Moore tiene pocas cosas que demostrar en la vida, pero ha conseguido que The breakdown sea seguramente el más singular y atípico de sus elepés. Construido en su mayoría como un trabajo acústico de guitarra y voz, sin apenas aditamentos, acaba convirtiéndose en un prodigio de desnudez y vulnerabilidad, en el testimonio de un hombre brillante y exitoso que ha acumulado la suficiente sabiduría como para comprender que la humildad es una de las mayores virtudes del ser humano. Y que, sin impulsos ni urgencias ya por demostrarle nada a nadie, opta por regalarnos, como quien no quiere la cosa, una lección memorable de cómo ser, sin un solo aspaviento, un guitarrista extraordinario.

A Keb’ Mo’ nunca le hicieron falta los focos deslumbrantes ni los oropeles para ir edificando una de las carreras más sólidas en el blues contemporáneo, siempre suavizado y salpimentado con briznas de soul y canción de autor; tanto, que en The breakdown hay momentos en que nos sentimos más cerca de las enseñanzas de James Taylor que de las de, supongamos, John Lee Hooker. Pero tras su entretenidísimo mano a mano con el amigo y maestro Taj Mahal, junto al que hace poco más de un año nos confió su segundo trabajo colaborativo (Room on the porch, 2025), llega ahora el momento de las confesiones y las confidencias, de abrirnos las puertas del corazón y mostrarnos sus remiendos. Y hablamos en términos figurados pero también literales, porque este El colapso es consecuencia de las duras vivencias de estos últimos tiempos, en que ha tenido que afrontar una dolencia cardiaca grave y el divorcio de su mujer tras dos décadas de un matrimonio que parecía feliz.

Son dos golpes simultáneos de la suficiente dureza como para reaccionar desde la desolación o la rabia, pero The breakdown es, ante todo, un ejercicio de agradecimiento. Mo’ puede ser un hombre herido por dentro y fuera, pero su presente fragilidad se transforma en un gusto exquisito por la finura. El toque aquí es delicado y nada amigo de la filigrana, pero precioso y elegantísimo. Y no hay reproches –ni al destino ni a los allegados–, sino agradecimiento, algo de resignación, orgullo legítimo por todo lo caminado y una intensa sensación de confidencialidad. No hay filtros: solo un hombre herido que sigue en pie y apela a la belleza y el aliento del amor como únicos revulsivos posibles.

De ahí que no aburra, sino emocione, esta parquedad expresiva de la interpretación solista, solo aderezada por las voces fabulosas de Take 6 (góspel en vena para They don’t make ‘em like they used to) y los sudafricanos Soweto Gospel Choir (Hand it over). Moore se refugia en su estudio casero de Franklin (Tennessee), confía la tecla del rec a su coproductor Zach Allen y, como dato sintomático, aborda un repertorio en el que nueve de las 10 composiciones están escritas en colaboraciones con otros autores, casi siempre tan poco mediáticos como fabulosos: Lauren Lucas, con quien ya compuso para la serie de Netflix Leanne, se le suma para la muy emotiva Every step of the way (“Nada es perfecto, he cometido algunos errores / Pero lo único de lo que estoy seguro / es de que es mejor dar más de lo que recibes”), mientras que el octogenario genio del blues-soul Arthur Adams ejerce de aliado en el corte inaugural, Fussing and fighting.

The breakdown se erige así en un álbum sentimental pero no sensiblero, un estriptís a corazón abierto. Y una preciosa colección de canciones muy emotivas. En tiempos de filtros, apariencias y demás variables del postureo, suena casi revolucionario.

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