Era evidente que Arde Bogotá estaban llamados desde el primer día a salirse del mapa, pero este tercer elepé constituye, de una vez por todas, su certificado de madurez y el salto de categoría: ya no son el típico-grupo-que-puede-gustarle-a-casi-todo-el-mundo, sino una cosa muy seria. Porque, sin constituir ningún salto mortal ni pirueta enrevesada, manteniendo un sonido y un ADN reconocibles desde las primeras bocanadas de Instrucciones –su fulgurante corte inaugural–, todo evoluciona a mejor en Manufacturas del club de la gente sola respecto a sus dos más que estimables antecesores, el inaugural La noche (2021) y el ya muy sólido Cowboys de la A3, de 2023.

Más allá de ese título extenso y algo rebuscado, de cierta incoherencia semántica, la nueva entrega de estos cuatro cartageneros en estado de gracia (¡bienvenidos a la crisis de los 30!) es un ejercicio de sensibilidad, músculo y empatía, un álbum de sonido y espíritu orgánico y hasta humanista, un trabajo sobre sentimientos y sensibilidades: ese argumentario del que el pop y el rock, y más aún el de rúbrica masculina, anda tan escaso en este país. Instrucciones, en su condición de tema inaugural y primer avance, allá por la primavera, sirve como punto de inflexión: santo y seña de cuatro tipos con la dentadura afilada, la mirada ávida y mucha hambre de rock crudo y sin contemplaciones. Es una página de escasa vocación melódica e ingesta nada instantánea, pero hace las veces no ya de manual, sino de hoja de ruta.

En comparación, queridos oyentes, aquellos a los que creíamos cowboys de ruda estampa eran refinadas damiselas.

Habría sido divertido disponer de una mirilla por la que escudriñar el trabajo cotidiano de los ya no tan pipiolos Antonio, Dani, Pepe y Jota con Joe Chiccarelli, un productor de larguísima trayectoria y colmillo retorcido que este mismo 2026 ha tenido que lidiar con el genial e insoportable Morrissey para Make-up is a lie. Seguro que en algún momento saltarían chispas –de ingenio, de ira o de las dos–, pero Manufacturas… llega hasta nosotros con un sonido al tiempo rabioso y chisporroteante, con sus cuatro protagonistas tan nítidos como desmelenados. Ah, y con ángulos y derivaciones sonoras que hasta ahora no les conocíamos.

Es toda una sorpresa (muy agradable) el aire españolizante que adquiere El tesoro o la coda aflamencada de Sacude con la que el álbum echa el telón. Asombra que la trompeta fronteriza de Judas nos traiga a la memoria, contra todo pronóstico, aquel Alone again or de Love. Y emociona que los cartageneros hayan pegado el arreón compositivo que evidencian en momentazos como Antifiesta, una canción que transcurre por la excelencia y a los dos minutos y medio se atreve con un drástico giro de guion para abordar una prolongada coda que nadie habría visto venir.

Y ya que hablamos de circunstancias excelentes, claro, hay que hacer notar cómo la ya muy vitamínica escritura de Antonio García, siempre con un halo de sicalipsis y misterio, asciende aquí un buen número de peldaños hasta alcanzar alturas inéditas. Hay que haber alcanzado no ya madurez, sino un dulce momento de plenitud para garabatear versos como “Besas como besa el diablo / como Judas en algún cuarto oscuro” (Judas), “Porque me voy a nombrar / administrador único de todas mis tristezas” (Antifiesta) o “A veces me imagino muerto / y me ayuda a relajarme / a callar las palabras”, triada inaugural en la maravillosa Olivos, quizá el culmen de la creatividad bogotana a estas alturas del partido. Una canción enorme con la que resulta plausible imaginar que algún poemario de Machado se haya colado en el equipaje del cuarteto durante estos periplos que acumulan por medio mundo.

Esa consolidación de logros anteriores también parece evidente si reparamos en que la preciosa Asidero –llamada a protagonizar durante los conciertos muchos momentos de linterna y escozor en los lacrimales– prolonga el estado de gracia de la ya excelente La salvación, mientras que El club de la gente sola hace el mismo papel de tiempo medio magnífico que ya desempeñó Cowboys de la A3, curiosamente también la canción titular en el disco anterior. Es llamativo comprobar, por cierto, cómo la voz de García evoluciona en El club… hacia un timbre a ratos más meloso y engolado, más vulnerable y femenino, frente a ese característico bramido grave y cavernoso que tantas comparaciones le ha valido con Bunbury a lo largo de los años.

Todo o casi todo es ilusionante, en definitiva, en un disco donde los códigos se afianzan y a la vez se renuevan; un trabajo con abrumadoras evidencias, muchas certezas y pocas objeciones. Quizá las relativas a Señor herrero, una canción más rutinaria y convencional que bien podría no haber pasado el corte y acabará en un limbo parecido al de esas medianías ocasionales que antes podíamos asociar con, pongamos por caso, Qué vida tan dura. Incluso Hervidero baja algo el listón, en la parte lírica y en la sonora, puesto que su ademán funk (“¡Qué calor, uh, uh, qué calor!”) parece más impostado que interiorizado.

Son dos objeciones sobre 11, un porcentaje muy poco relevante que no empaña un trabajo no ya muy por encima de la media, sino de las propias expectativas hacia una formación a la que le teníamos toda la fe pero de la que no esperábamos una evolución tan exponencial. Porque MCGS no solo encierra mordiente y sabiduría, sino que apasiona con sus referencias múltiples y poliédricas: nadie había escrito hasta ahora el término “tractomula” en el pop-rock español ni había invocado a The National, igual que algunos hemos tenido que documentarnos para comprender quiénes demonios eran Gengar y Clefairy (nota de auxilio para no mileniales: unos pokemon). Y todo ello sin mencionar, antes de echar el cierre, que Bigger splash es sencillamente uno de los mejores singles que nos deja la música española en este 2026, además del mejor homenaje que pudieran soñar los herederos del recién fallecido David Hockney.

Nada mal, carajo. Nada, nada mal.

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