Al bueno de Todd Michael Bridges le descubrimos hace ahora 11 años con un debut precioso, Coming home (2015), inmerso hasta los tuétanos en la oleada imparable del retro-soul. Para entonces, el muchacho de Texas aún andaba en los veintitantos y era un chico retraído, tímido y aparentemente conservador que vestía con hechuras clásicas e imprimía tanta dulzura y emotividad a sus interpretaciones que no tardamos en saludarlo como una suerte de Sam Cooke milenial. Un piropo sincero y envenenado, porque nadie podrá hacer nunca sombra al prodigioso y efímero príncipe del soul.
Aquel Leon Bridges original era un pipiolo al que no le importaba que le considerasen un viejoven (de manual), y anhelaba enamorar a los papás y mamás de la audiencia como el chico formal, intachable a impoluto que siempre había sido. Era el chiquillo que proclamaba su candoroso amor maternofilial en Lisa Sawyer y que en su primera visita madrileña, allá por septiembre de 2015, le explicaba a este periodista: “El bagaje espiritual no resulta imprescindible para convertirse en un buen cantante de soul, pero yo lo tengo y no me reprimo a la hora de sentir y expresar esa fe (…). Mamá me insistía mucho desde pequeño en que debía lucir un aspecto presentable. Ya de niño me gustaban los trajes, solo que no tenía dinero para comprármelos”.
El panorama es hoy muy distinto. Bridges tiene 37 años, luce camisetas Adidas de colores chillones e inspiración jamaicana, se ha alborotado el cabello, asume coreografías estupendas para aderezar sus canciones y, sin llegar a parecernos un malote, resulta mucho más travieso, provocador y alborotado que aquel “otro Leon” que un día conocimos (y admiramos).
Y así las cosas, digámoslo ya, este Happiness anytime es un disco fantástico. El pálpito que sugiere su propia formulación titular, “Felicidad a cualquier hora”, se traduce en euforia desde el primer corte, Light the way,una estupenda introducción en el afrobeat que apela al verano tórrido y una sensualidad sabrosa y sin tapujos. No será la única vez a lo largo de estos 12 cortes adictivos. Illusion repite la fórmula africana. Y no dejen de asomarse por los escuetos dos minutos y medio de Watch you dance y su beat acelerado de club con ecos de psicodelia. Son irresistibles.
Buena parte de la culpa en todo este proceso ha de recaer, sí o sí, en las figuras de J Lloyd y Lydia Kitto, las dos terceras partes de Jungle, productores y coautores de todo el trabajo que hasta se hacen merecedores de mención en la pegatina de portada. Ellos revolucionan el sonido cuando procede, pero también miman a su protegido en el último cuarto del trabajo, el momento en que Leon regresa a la senda del baladón, el corazón abierto en canal y demás pautas canónicas que redescubrimos con The way it goes o Take my hand. Para la caída del telón se reserva un Please don’t say goodbye tan indisimuladamente meloso que nos transporta hasta la era del Philly soul. Y que nunca nos falte Filadelfia.
Happiness anytime se erige así, en buena medida, en la obra de un artista en transición, un hombre que se ha quitado lastre de encima y no busca una imagen uniforme sino mucho más poliédrica, incluso con inesperadas derivaciones hacia la bossa nova (All day, all night) o los pellizcos eléctricos en la imparable y adorable Talk it over. Después del sosiego y el sesgo confesional de su trabajo previo, no por casualidad titulado sencillamente Leon (2024), nuestro protagonista da carpetazo a las cuitas y tribulaciones. “Josh y Lydia, gracias por traer este álbum a la vida. Había llegado a ese punto en el que pensé que ya no tenía nada más que dar”, escribe el autor a sus nuevos mentores en las notas interiores del álbum. Ahora ya no hay dedicatorias a mamá, pero Leon Bridges sigue siendo un hombre agradecido.