Nada suena ni por asomo actual a lo largo de los 40 minutos escasos que conforman la segunda entrega discográfica de los angelinos Thee Sinseers. Y al mismo tiempo, ni una sola de estas 11 canciones se nos antoja remotamente pasada de fecha. Así es la magia de esta formación nutridísima y de una solidez inusitada, nueve músicos que pivotan en torno a la figura del apasionante cantante, compositor y multiinstrumentista chicano Joseph Quiñones, un hombre al que intuimos con un carisma tan arrollador como para desear con vehemencia que podamos contemplarlo a corta distancia sobre un escenario.
Aunque nos encontramos solo ante la segunda entrega de larga duración con la rúbrica de los Sinseers (Sinseerly yours asomó en nuestras vidas en la primavera de 2004), la hoja de servicios de Quiñones y sus ocho aliados empieza a ser encomiable. Muchos de los socios también presumen de apellidos latinos y sangre mexicana corriéndoles por las venas, casi todos operaban como banda de acompañamiento en directo del legendario cantante de soul Brenton Wood, al que perdimos a principios de 2025, y cuatro de los músicos desarrollan su actividad bajo el nombre de The Altons. Pero aquí es Joseph quien marca las directrices desde su estudio de grabación propio en Rialto, una pequeña ciudad californiana donde más de la mitad de la población es de origen hispano y en cuyas calles mamó desde bien chico las enseñanzas del soul canónico y eso que se dio en llamar “música lowrider”, inspirada en los coches clásicos y esas historias de amor incipiente que combinan la fogosidad y el tormento. “Love stories” de toda la vida, en síntesis, una conexión que el noneto potencia utilizando como imágenes para este segundo elepé viejas estampas fotográficas amorosas de sus propios progenitores.
Es fácil pensar en el retro-soul de Daptone Records, la factoría discográfica fundada en Brooklyn en torno al productor Bosco Mann que sirvió para prestar cobertura a la divina Amy Winehouse y deparó el fenómeno de la no menos inolvidable Sharon Jones. Ahora bien, mientras en aquel caso nos encontrábamos ante un aprendizaje y ejercicio de estilo, aquí hablamos más bien de legado y herencia. Quiñones no se propone concienzudamente sonar como si el túnel del tiempo nos situara en la década de los cincuenta y primeros sesenta, sino que escribe de una manera orgánica y sustancial. No es Billy Joel escribiendo en 1983 la adorable The longest time, que puede venirnos a la cabeza cuando escuchamos ahora el encantador corte inaugural, Oh love. Es más bien el pálpito que le queda en la mente a un hombre que de crío escucharía por todas partes, con seguridad, los discos de The Delfonics o The Stylistics.
De ahí que asomen el doo-wop y el rhythm ‘n’ blues con una espontaneidad a prueba de paladares gourmet. De ahí que el falsete de Joey, tan recurrente y arrebatador, surja en cualquier momento con una naturalidad pasmosa. Love stories puede conducirnos a la escucha reincidente porque es un trabajo de enorme potencial adictivo. Hay sección de metales, hay una increíble segunda voz femenina (Adriana Flores) y, para que no falte ningún matiz en nuestra nutrida colección de especias sonoras, un violín y una viola invitados irrumpen en cuatro de los 11 cortes, con especial encanto en Let’s fall in love (again) y Cry baby. El amor no siempre acaba bien, eso ya lo sabíamos. Pero los Sinseers lo viven todo con tal intensidad, y también vulnerabilidad, como para que el proceso de la seducción siempre parezca que ha valido la pena.