Lo de “Esperanza y furia” puede servir como resumen sucinto y categórico sobre las sensaciones que el mundo actual le producen a David Ian Jackson, genio de la new wave desde finales de los setenta que a día de hoy, con 72 años anotados en el DNI, no ha perdido ni un ápice de una visión vitriólica que solo encuentra ocasional consuelo en el refugio de la melancolía. Su paso de este martes por el Teatro La Latina de Madrid (el miércoles 21 visita València y el viernes 23, Barcelona) refrendó que su vigésimo cuarto álbum de estudio mantiene unos estándares de calidad tan elevados como en sus años de gloria, aunque puede que su misantropía se haya agudizado. Y en su pleno derecho está, porque no son precisamente escasas las razones para ello.

Basta refrendarlo con los dos seguramente más poderosos del trabajo, un álbum relativamente breve (nueve cortes) que gozó de una muy razonable presencia sobre escena con hasta cuatro títulos en el repertorio. La animosa y vocinglera Welcome to Burning-by-sea y la sentimental After all this time merecen todo el respeto, pero lo verdaderamente mollar lo encontramos en los casos de I’m not sorry y End of the pier.

La primera es un orgulloso “Paren el mundo, que me bajo” con todas las de la ley y ese ya característico salpimentado latino que Joe Jackson maneja con soltura admirable desde la incursión neoyorquina de su cuarto álbum, aquel imborrable Night and day (1982). Jackson se jacta de “Cada bandera que decidí no ondear / y cada lágrima de cocodrilo que rehusé llorar”, como muestra de desapego por un entorno –la vida moderna en general, su ecosistema británico en particular– ante el que solo le queda afilar el sarcasmo y los colmillos. En el caso de End…, presentada por el propio autor como su favorita, nos encontramos ante un paisaje de feria, costumbrismo y paseos dominicales a orillas del mar, allá por 1922, que justo un siglo más tarde (2022) deriva, en idéntico escenario, en “amigos de neón”, montañas de plástico, una “atmósfera segura y libre de diversiones” y hasta un personaje, el Primo Liam, que acaba “muriendo de puro aburrimiento”. Y el desenlace: el muelle de la historia es devorado por las llamas y desaparece para siempre.

“No es la canción más alegre que encontraréis”, asumió Jackson, con su sarcasmo sempiterno. Ese resquemor siempre ha constituido una de sus bazas más estimulantes, aunque puede convertirse también en un motivo de incomodidad para un oyente que no encontrará en él grandes cobijos, sino más bien pellizcos enérgicos. Lo fabuloso es refrendar la plenitud artística, conceptual y –más difícil todavía– vocal que nuestro septuagenario de Burton (Stafforshire) conserva a estas alturas de la película. Era muy difícil no conmoverse este martes con la lectura parca, adusta y casi sollozante de Real men, recibida a medio concierto con una de esas ovaciones tan prolongadas como para azorar al propio músico. Y asombraba comprobar en la despedida, un emocionantísimo Home town a piano y voz, cómo Joe aún sigue alcanzando esas agónicas notas agudas de un estribillo nada apto para gargantas de medio pelo.

Hubo ocasión, claro está, de recuperar al Jackson primigenio, el que nos trasladó hasta el Londres de 1979 con el tema titular de su mítico álbum de debut, Look sharp!, pero también rescató de aquellos orígenes la aún más mordaz Sunday papers (por desgracia, cierto periodismo actual supera con creces aquella andanada contra el sensacionalismo) y la icónica Is she really going out with him?, pieza inaugural también en ese formato mínimo y escueto de la voz y el piano. Un concierto íntegro así podría hacerse arduo, pero la desnudez puntual sirve para acercar al intérprete y poner el acento en un aspecto, la absoluta excelencia instrumental, que entre los cantantes y compositores solemos relegar a un segundo plano. Porque Jackson es un pianista elevadísimo al que se le notan desde siempre las costuras clásicas, una característica que tampoco es ajena a Hope and fury. En su caso, el viejo postulado de la música popular estadounidense, aquel de que bastan “tres acordes y la verdad” para una buena canción, no le sirve ni para bajar a por el pan.

La complejidad es riqueza en un Joe Jackson que incluye pasajes de vibráfono, abre huecos para solos (nada abusivos), se embelesa en estructuras angulosas y hasta se permite algún fade in o fade out (subidas y bajadas progresivas de volumen) en directo, un recurso infrecuente sobre los escenarios. Solo desde la excelencia, por cierto, puede explicarse que durante las cuatro primeras canciones no fallase ni una sola nota mientras no le funcionaba el retorno, por lo que no escuchaba con propiedad nada de lo que estaba tocando. Y nada más que desde el retraimiento podemos interpretar –a falta de algún psicólogo freudiano– el lapsus de anunciar “una vuelta a los noventa” para ofrecernos aquella tremenda balada, Be my number two, que tiene fecha de… 1984.

Y a todo ello hemos de hacer mención expresa a las excelencias de una banda que incluye al guitarrista Teddy Kumpel, el batería Doug Yowell y la incorporación del soberbio percusionista costarricense Felipe Fournier, aunque los mejores aplausos y mayores piropos los acaparó el responsable del bajo, Graham Maby, ubicado no por casualidad en el mismísimo centro del escenario. Escuchándole embelesado durante la interpretación de Steppin’ out (1982), otro de esos clasicazos irrenunciables, daba por pensar que el oficio de bajista merece la pena solo por partituras así.

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