Esta de Raúl y de Rajery es una alianza intercultural y transfronteriza que por belleza, trascendencia y vocación bien puede recordar, mutatis mutandi, al encuentro que nuestros Ketama y el maliense Toumani Diabaté protagonizaron hace casi cuatro décadas bajo el epígrafe de Songhai, en aquel caso con la incorporación del contrabajista británico Danny Thompson. Las circunstancias no son las mismas, claro, ni la kora o arpa africana con panza de calabaza es un instrumento del todo equiparable a la valiha de Madagascar, que cobra forma a partir de un tubo de bambú. Pero hablamos de cuerda pulsada y de un repiqueteo ancestral que, como hace 38 años con los Carmona, aquí adquiere hondura flamenca por intermediación de un sevillano lo bastante sabio y estudioso como para unir la sabiduría antropológica a la específicamente musical. Y ahí prende el chispazo, en ese ensamblaje entre el artefacto tubular y ese tres flamenco con el que Rodríguez ha enhebrado una trilogía mágica (Razón de son, La raíz eléctrica y La razón eléctrica, entre 2014 y 2023) y que propicia la intersección entre guitarra flamenca y son cubano.

El relato puede parecer hasta ahora enrevesado, pero, una vez hechas las presentaciones e introducciones, todo acontece con viva espontaneidad en el pequeño y humilde estudio de Antananarivo (la capital malgache) donde aconteció todo. Lo de la humildad no solo es poque el formato de dúo obliga a un entendimiento pleno y prolongado en el que no caben omisiones ni disidencias, sino porque la grabación aconteció durante fechas de restricción en el suministro eléctrico que obligaron a que Mandry ve? tuviera que cobrar forma, sí o sí, a lo largo de cinco escuetas mañanas. Y puede que esa circunstancia a priori entorpecedora, y hasta disuasoria, haya acabado propiciando esa aura de pasión reconcentrada que sugieren estos 11 títulos, sabias conjugaciones de temas propios, tradicionales e improvisaciones. Para que no nos falte de nada.

Las limitaciones como una espoleta de la creatividad es una idea que armoniza mejor que nadie el mismo Germain Randrianrisoa Rajery, intérprete hoy cotizadísimo para las músicas del mundo (escúchenlo en la superbanda africana 3MA) que perdió de niño en un accidente los dedos de la mano derecha y hubo de ingeniárselas para personalizar una técnica que hiciera viable lo aparentemente imposible. Todo ello refrenda Mandry ve? (en su literalidad, “¿Todavía duermes?”, al parecer una expresión típica de la lengua malgache para, más allá del descanso, llamar a la participación y la movilización colectiva) como una criatura mínima y preciosa nacida desde el amor y la confianza recíproca, lejos del mero oportunismo, el discurso buenista o el aprovechamiento del respaldo institucional. Porque ha transcurrido tiempo desde que el sevillano y el malgache coincidieran por vez primera, allá por 2019 en la tercera Semana Flamenca de Madagascar, y ello ha propiciado un entendimiento progresivo y sin atropellos, una química a fuego lento en la que, como en el viejo verso de Manolo García, nadie es mejor que nadie.

Así termina fructificando esta alianza que parece seminal y de una luminosidad pudorosa, pero que puede adquirir con el tiempo, ojalá, ciertos tintes históricos. Es un pálpito que se barrunta desde la misma apertura, Afindrafindrao, un título que ya refleja el gusto de Raúl por los juegos de palabras y el juego mismo: de ahí que El lémur pasa introduzca evocaciones andinas para guiñarle el ojo a El cóndor pasa, o que Tana de la Frontera se convierta en la nueva capital de este país imaginario y gozoso que el andaluz y el malgache se han sacado de la manga: Tana es, en efecto, la abreviatura popular y cariñosa de Antananarivo.

Una geografía íntima y desconocida. Un aliciente para la exploración. Ese es el principal –y radical– mérito de Mandry ve?, que articula un lenguaje perfectamente asimilable, pero incipiente y personalísimo. Un universo en el que la isla gigante (sus 587.000 kilómetros cuadrados superan de largo la superficie de España) abre alma y puertas al tango flamenco, la zambra y el Niño Miguel (Zambragascar: ¡otro neologismo travieso!), la bulería, las resonancias andalusíes y ese medievo musulmán que, mal que les pese a algunos, también imprime carácter. Rajery y Raúl Rodríguez son seres lo bastante impredecibles como para que antoje temerario pronosticar su eventual continuidad. Da igual: el cimiento y, sobre todo, el referente aquí quedan.

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