De un artista(zo) como Pablo Martín-Jones solo podríamos esperar cosas suculentas, pues son ya muchos los años en que le vemos enrolado en tripulaciones cualificadas y proyectos de empaque. Muchos le conocimos, muy jovencito aún (¡empezó con apenas 20 años!), encargándose de las percusiones en la banda de Eliseo Parra, un cometido que ha conservado hasta que el ilustre folclorista vallisoletano anunció, tres años atrás, su despedida de los escenarios. Pero la nómina de artistas con los que ha intercambiado experiencias y pareceres resulta deslumbrante: Natalia Lafourcade, Jorge Drexler, Fetén Fetén, Jackson Browne, Rozalén, Rosario La Tremendita, Radio Tarifa…
Y en esas, superado ya el listón de las 45 primaveras, este hijo de bailaora y guitarrista flamenco, los dos estadounidenses afincados en España, se destapa como jefe de operaciones con este proyecto fascinante, Baile Entero, que enlaza con la ola imparable del folk electrónico pero trasciende esa etiqueta y la lleva a una nueva dimensión. Más experimental y difusa, muy sugerente y menos enraizada de lo que podríamos imaginar de antemano. Libérrima, poética, desconcertantemente bella.
Vienen a la cabeza nombres como Baiuca, Rodrigo Cuevas, Mondra, Dulzaro, Karmento, Castora Herz y otros más. Todos ellos han agitado durante estos últimos años las músicas peninsulares que nos legó la tradición para transportarlas a nuevas dimensiones y lenguajes sonoros. Baile Entero lleva todo ese concepto del folk electrónico –o folktrónica, un neologismo atractivo y elocuente– un paso más allá, a una formulación etérea y deconstruida. Porque los elementos folclóricos dejan de ser la base de la receta para derivar en una sucesión de ingredientes aislados que Martín-Jones se encarga de remover en una marmita en la que también burbujean samplers, plugins y, sobre todo, sintetizadores. Hay una cierta aspiración cósmica en estas siete piezas con nombres de sus bailes respectivos, enhebradas con cuatro breves pasajes ambientales y mínimos a los que el autor denomina Respiro 1, 2, 3 y 4. Como si por un momento, explicándolo de manera gráfica, pasásemos del universo alucinógeno de Sirât a las filmaciones de Pink Floyd frente a las ruinas de Pompeya.
Hay una viejita fascinante en el primer corte –el fabuloso y complejísimo Ajechao, seis minutos largos de texturas interestelares–, que describe ante el micrófonolos tiempos en que el menú diario consistía en “pan y puerro a la mañana y, a la noche, puerro y pan”. Es una mujer que relata lo vivido con una naturalidad pasmosa, con esa sabiduría que no se aprende ni en academias ni frente a las pantallas, y que acaba resumiendo sus avatares con una frase que ningún poeta acertaría a superar: “Teníamos hambre y bailábamos bien”. Son cinco palabras que sirven como acicate y leit motiv para este universo de Baile Entero, que parte de todas las enseñanzas aprendidas en el municipio salmantino de Peñaparda, epicentro de la comarca de El Rebollar y aldea gala en la preservación del pandero cuadrado, hoy entronizado como uno de los ingenios percutivos que más alelados puede dejarnos en cualquier rincón del toro ibérico. Pablo nos pone a bailar, o más bien a flotar o gravitar, a partir de esos ingredientes térreos y centenarios que él mismo fue aprendiendo y amando de la mano del maestro Eliseo. Y es el propio Parra, para cerrar ese hermoso círculo de la transmisión patrimonial, quien presta su voz a un Bolero más sentido y ralentizado que nunca, ribeteado sabiamente con alguna alusión tangencial a Ravel, que de boleros sabía un rato.
¿Cómo bailar hoy unas seguidillas, un sorteao o un baile a lo ligero? Martín-Jones eleva esa pregunta con un afán más retórico que dogmático, sobre todo porque Baile Entero se escucha mejor que se danza. Parece imposible ahora mismo crear nuevos lenguajes, pero en estos 37 minutos, si lo que escuchamos no es estrictamente nuevo, se le acerca bastante.