La cantera granadina sigue mostrándose como un tesoro tan felizmente inagotable como difícil de abarcar, pero en ese continuo devenir de grandes bandas a la sombra de Sierra Nevada debemos ir buscándoles a los chicos de Nievla un lugar de privilegio. El quinteto que lidera Toni Jiménez, el muchacho que ejercía en directo de quinto niño mutante (y al que también hemos conocido de la mano de Carlangas) consigue en su segundo trabajo una extraña y fascinante intersección entre lo abstracto y lo melódico, entre la pegada del indie guitarrero y el punto más evanescente de la electrónica, los clubes y las altas horas. De ahí que estas ocho canciones admitan distintos grados de aproximación: sorprenden y seducen de buenas a primeras, pero van propiciando nuevos descubrimientos en cada uno de sus recovecos a medida que se suceden las escuchas.
No es fácil catalogar en lo estilístico el estallido de influencias que bullen en el cerebro de Jiménez, a buen seguro un melómano voraz que maneja la mucha información adquirida en los anaqueles de su discoteca particular con el talante imaginativo de un maestro de la alta coctelería. Podemos imaginar, claro, un componente base terruñero, aunque a buen seguro más cercano a Lagartija Nick y a los propios Niños Mutantes que al universo planetero. Y si Habitación (2023) tiraba del componente más reflexivo y confesional, Miradas amplía esa cosmogonía con más intensas referencias a la socialización y la noche, aunque las congojas, anhelos e incertidumbres del amor (no siempre correspondido) sigan alimentando una parte significativa del argumentario.
Más interesante es la escritura de Toni cuando se adentra en los conflictos interiores (En realidad no) o en los generacionales, como esa espléndida Juventud en la que retrata con crudeza los problemas de adaptación: «Bajo los dogmas del pasado / sientes que no encajas con tus coetáneos / Prisa y fragor / viene ansiedad de todos lados». Pero en lo estrictamente musical, son sobre todo esas primeras cuatro canciones que conforman la cara A las que merecen una atención fronteriza ya con el entusiasmo. Desde el laberinto rítmico de after hour que agita SAL! a la espesura obsesiva de Un poco más, todo captura y seduce con un fabuloso halo entre melódico, misterioso e hipnótico. Sin duda, el crescendo emocional y eléctrico de Hielo es uno de los puntos culminantes de Miradas, pero también los seis minutos de (casi) balada embaucadora y progresivamente desgarradora que cobran forma como la magnífica Todo el tiempo. ¿Un chaval indie y milenial escribiendo como una banda alternativa de los años setenta? Escúchenlo y comprueben que lo impensable se vuelve aquí factible.
Menciona Toni Jiménez al malogrado genio argentino Gustavo Cerati como uno de sus referentes emocionales más marcados, aunque no está de más mencionar que el timbre de su voz puede recordar al de Antonio Vega en los momentos de mayor sosiego. En cualquier caso, y como ha dejado escrito Juan Alberto Martínez, el hasta ahora cantante y compositor principal de Niños Mutantes, lo mejor de Nievla son «los detalles de orfebre que pulen cada segundo de sus canciones. Jiménez es un embaucador asombroso: ojalá que ni el ruido ni el algoritmo nos priven de un acceso generoso a su obra.