Dan Auerbach ha sido capaz de apuntalar de tal manera su escuela, como músico en nombre propio y productor al servicio de los demás, que los discos de su sello Easy Eye Sound logran sonar bajo su influjo incluso cuando la agenda no le permite asomar la nariz por el estudio de grabación. Sucede así, y de manera clamorosa, en el caso de este Gravity freeze, una obra de blues-rock crudo y contemplativo, analógica en sonido y espíritu hasta los tuétanos, carne roja y muy poco hecha, vuelta y vuelta, para un trío que revive hasta extremos emocionantes e inimaginables el espíritu de Cream sin necesidad de virguerías ni grandes ornatos. Temas como Luggin’ hurt son compendios reconcentrados de ese empeño: obstinatos rítmicos, coros alucinógenos como en una sesión de soul setentero, pellizcos ocasionales de una guitarra mordaz pero nada invasiva, nulo interés por la moderación con el cronómetro (siete minutos, en nuestros timoratos tiempos presentes, bordean hoy casi la eternidad) o la búsqueda de pirotécnica melódica o formal.
Había estado juntando sus talentos durante un par de años el tándem de Nottingham (que integran el cantante y guitarrista Barrie Cadogan y el bajista Lewis Wharlton) con ese batería librepensador de Heliocentrics que es Malcolm Catto, junto al que habían firmado las dos entregas anteriores, Quatermass seven (2020) y la aún reciente Electric war (2025). Pero con Catto de vuelta a sus cosas y la aportación de un batería de alma más refinada e imaginación casi jazzística, Tony Coote, el trío se vuelve más quintaesencial y aferrado a sus grandes ídolos de los sesenta. Insistimos: si Clapton, Bruce y Baker se hubieran conocido en el nuevo siglo, sonarían muy parecido a esto.
Más allá de que Wire, contra pronóstico, pueda parecer un ejemplo insólito desempolvado de alguna jam sesión durante al auge del sonido Madchester, lo que aquí corta el bacalao es el arrebato blues-rock de la mejor escuela (es brutal ese tema de apertura, More miles of road) o esos cambios de velocidad y ritmo, como en Anything you are, que dejan un regusto maravilloso a horas y horas de jugueteo y travesuras en el local de ensayo.
Hay en realidad muy poca chiribita en este Gravity freeze, álbum punzante y profundo, pero sereno y reconcentrado, como sucede en el caso del tema que lo titula y sirve para proceder a la caída del telón. Gravity freeze, la canción, es tan buena y profunda que se hace breve, como en general este álbum nada invasivo pero rabiosamente emocionante. Porque a Cadogan le horroriza el gorgorito, así que a veces canta como si estuviese demasiado ocupado con sus guitarrazos eléctricos y no quisiera aplicarse con toda la intensidad frente al micrófono. No nos importa; más bien al contrario.