Sabíamos que Rachel Agatha Keen era una artista buena, muy buena. Absolutamente brillante. Pero a pesar de todos los indicios, en algunos casos abrumadores, puede que no estuviésemos preparados aún para comprender que estábamos ante una artista extraordinaria. El debut de hace tres temporadas con My 21st century blues, apuntalado por seis estatuillas, ¡seis!, en los premios Brit, dejaba abiertas todas las puertas de cara a lo que pudiera suceder a continuación. Pero el futuro ha llegado, ya está aquí y es de todo punto arrollador. This music may contain hope, un disco brillante desde su mismísimo título, es un chorreo incontrolado e inabarcable de talento que se prolonga durante casi hora y cuarto, desarrolla una historia completa de amor, fascinación y quebrantos sentimentales de todas las clases, y además se pasa por alto cualquier acotación estilística en torno al soul o el rhythm ‘n’ blues para internarse en el swing (The whatsapp Shakespeare es una fábula absoluta), el pop orquestal, el cabaret, Broadway y cualquier otro ingrediente que esta voraz creadora británica acierte a verter en su gigantesca marmita.

Se ha hablado en más de una ocasión sobre las conexiones entre el espíritu de RAYE y el de la inolvidable Amy Winehouse, y hay giros, guiños, ademanes y actitudes que pueden recordar inevitablemente, lo que avala muchos buenos argumentos a favor de esta muchacha de 28 años. Sin embargo, el mundo de Rachel ya es otro y ella no contempla la posibilidad de restringir esa mirada generacional cincelada por los aleatorios de Spotify y el acceso, al menos sobre el papel, a cantidades ingentes de música. Solo así se comprende que Winter woman, uno de los cortes más escorados hacia el neo-soul más urbano, se aderece con las Cuatro estaciones de Vivaldi o que I Will overcome incluya un homenaje expreso en la letra a Edith Piaf, a la que Keen bendice como una influencia cierta y mucho menos evidente que otras que no han dejado de mencionarse en estos últimos años.

A la vista de esta virguería que ahora nos ocupa, esta suerte de sinfonía pop para la era de los mileniales, podríamos esbozar la teoría de que RAYE es ahora mismo la intersección perfecta entre Amy, Laufey y Beyoncé. Los ingredientes de esa fórmula magistral no pueden resultar más apetecibles, pero es que además nuestra amiguita londinense lo complementa con otros nutrientes fabulosos (la herencia de Kate Bush sobrevuela I know you’re hurting, el tratamiento de la electrónica y el ambient de Life boat es brillantísimo) y con una agenda envidiable. Hans Zimmer olvida su tendencia al piloto automático y se pone las pilas con una orquestación excelente para Click clack symphony. Y la irrupción del venerable Al Green, anunciada por la propia Rachel en mitad de esa adorable crónica de un fiasco amoroso que es Goodbye Henry, ya figura sencillamente entre los grandes momentazos sonoros de este 2026.

Podemos añadir otro buen puñado de argumentos sustanciales en favor de este disco, desde la guasa a jazz clasiquísimo de I hate the way i look today, a ese primer single adictivo e irrefutable que fue Where is my husband!, un clásico tan instantáneo que este verano se lo hemos escuchado ya versionar en directo (en las Noches del Botánico de Madrid, por ejemplo), y con mucha gracia, al mismísimo Rick Astley. Pero cuanto más escuchemos este álbum, que acaba con cinco minutos de agradecimientos a la manera de unos créditos apoteósicos, más motivos tendremos para pensar que esta música aporta, en efecto, una buena dosis de esperanza. No solo para el alma errante que escucha, sino de cara al futuro de la música popular.

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