Ay, las efemérides. Podemos considerarlas un mero pasatiempo numérico, una anécdota para ociosos, pero resulta muy difícil sustraerse a ellas. Seguro que en algún momento, durante la preparación y grabación de este Reality awaits, Julian Casablancas y su distinguida tropa repararon en el cuarto de siglo que les separa de aquellos mocosos que en 2001 rubricaron para la historia aquel Is this it que les convirtió en los muchachos más sexis, contestatarios y enfurruñados del nuevo siglo, los más cualificados para recuperar la furia primigenia del rock, los que tenían mejores argumentos para alborotarse el peinado. Y un cuarto de siglo es un periodo lo bastante emblemático como para preguntarse cuánto han cambiado las cosas y si el periplo ha merecido la pena, así que cabe la sospecha plausible de que este séptimo álbum de los neoyorquinos quiere responder justo a esas preguntas clave de la mediana edad. De ahí que haya en estos nueve cortes abundantes fogonazos del desasosiego adulto propio de estos tiempos canallas: The Strokes disparan contra el politiqueo o el consumismo, retratan el desconcierto y la desazón, acentúan nuestro lado más zombi y enajenado, nos colocan frente al espejo de las malas vibras.

Es un objetivo valiente y nada menor, una asunción de riesgos que nos recolocan ante esos Strokes ambiciosos que convertían cada nuevo álbum en un acontecimiento, un pálpito que en el tramo más anodino de su discografía (First impressions on Earth, Angles) tuvimos que dar por desaparecido. Otra cosa es que Reality awaits cumpla del todo las elevadas expectativas que su propio planteamiento de partida coloca sobre la mesa. Parece evidente que el empeño por atiborrar de autotune las tomas vocales de Casablancas pretende simbolizar esa percepción alucinógena y alienada que el mundo actual bien puede inspirarnos y sugerirnos, pero se trata de una decisión arriesgada y, por lo que inferimos, dudosísima. El rasgo es tan acentuado e insistente que la expresividad del líder del quinteto se ve interferida, alterada y difuminada. Y lo que con más mesura parecería un ingenioso símbolo sonoro, un brillante toque de atención, aquí termina pareciendo un tic recurrente e incómodo. Casi como si una colonización de alienígenas hubiera acontecido durante la estancia del grupo en Costa Rica y hubiese desalojado al mismísimo Rick Rubin, ¡nada menos!, de su silla de productor.

Se hablará mucho sobre esta circunstancia, inevitablemente, y hasta puede que los chicos (o, a estas alturas, señores) acaben hartándose del presumible bombardeo de preguntas, pero el rasgo estilístico es tan invasivo que opaca en buena medida casi todo lo demás. Y reduce el impacto del maravilloso crescendo trágico y atormentado del corte inaugural, Psycho shit, o la deliciosa inmediatez de Going to babble on, una de esas canciones de los Strokes en las que todo está bien elegido y las piezas encajan a la perfección.

Esa banda en brillante estado de gracia es la misma que escuchamos (distorsiones vocales al margen) en la demoledora Going shopping, bendecida, por si le faltara algo, con su inclusión en la reciente lista de favoritas de Barack Obama. Y la estancia costarricense parece filtrarse en las percusiones de The fruits of conquest, con un aire cuasi tropical que a veces también los mismos Rolling Stones han sabido introducir con habilidad.

¿Qué aportan las interferencias en la voz de Casablancas a ese medio tiempo fantástico que es, o habría tenido que ser, Falling out of love? La nuestra es una duda cuando menos razonable, igual que en un repertorio no muy amplio y sí tan atractivo se nos quedan muy por detrás la algo anecdótica Liar’s remorse (que casi parece de Robbie Williams) o las divagaciones de Tyrants of the mellow moon, cuatro minutos de circunloquio musical sin un destino claro. Podríamos haber reeditado con Reality awaits esa siempre deseable euforia melómana, pero al final las expectativas se quedan a medio cumplir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *