El blues del desierto es intencionada y esencialmente reiterativo, monótono y redundante, condiciones indispensables para generar ese pálpito de enajenación y trance, de alejamiento de la realidad para adentrarse en un bucle rítmico y melódico del que, una vez dentro, parece imposible despegarse. Hay quien siente reparos ante este mantra sonoro, pero de ahí proviene una fuente indispensable de inspiración para grandes gurús del rock occidental, comenzando por los stonianos Brian Jones y Keith Richards, aunque el influjo es extensivo a buena parte de la escuela psicodélica de los inagotables años sesenta. Y tal inspiración es la que se le ha filtrado hasta los tuétanos al granadino Antonio Arias, curioso contumaz y felizmente sin cura, una mente abierta y ávida de experiencias que se ha embarcado en un proyecto impensable para casi cualquier otro músico español: adaptar las enseñanzas de la cultura gnawa al contexto andalusí, impregnar la península con el salazón intenso e incomparable del norte africano.
Mawlid (Mapa del trance) es el resultado de un proyecto musical que suma los criterios de la exploración, el viaje y la aventura, y que llega (y es hermoso que así sea) justo cuando se cumplen 30 años de aquel Omega con el que Arias y sus Lagartija Nick elevaron al maestro Morente al olimpo de los inventores de un lenguaje musical desconocido y eterno. Antonio nunca se conformó con seguir el carril central, y en este nuevo derrape creativo parte de su fascinación por el guembri, esa especie de arcaico bajo marroquí de tres cuerdas (de tripa caprina), para aprender de la tradición nómada, interiorizar cánticos y melismas ancestrales de nuestros vecinos del sur y asumir esos patrones rítmicos, tímbricos y armónicos para componer y entreverar piezas de creación propia. Canciones hasta hace poco inverosímiles, pero que ahora suenan espontáneas, naturales, sinceras y, sobre todo, concebidas desde la humildad y la admiración hacia una cultura que, lejos de pretensiones coloniales, se abraza y exalta con ánimo ensalzador.
Arias fue enhebrando ideas, influjos y concordancias hasta organizar una gira exploratoria que le llevó, en cinco fechas consecutivas, por Tetuán, Tánger, Fez, Casablanca y Marrakesh. La idea no solo es impregnarse de lo aprendido y vivido, sino documentarlo en un extraordinario libreto de 24 páginas en formato elepé que sirve como cuaderno de viaje, un relato con el que Antonio explica en primera persona el origen, el periplo y las conclusiones de este experimento con el que el estrecho de Gibraltar desaparece expeditivamente del mapamundi. Y para ello surgen algunos referentes muy hermosos: sobre todo aquel Al-Andalus (1977) con el que Miguel Ríos ya indagó en toda la herencia del Islam en Andalucía, además del obvio ascendente de don Enrique y de la huella de los Master Musicians of Jajouka, banda trascendental para todo lo que aquí se maneja y gurús por excelencia en el trance sufí. Una casualidad preciosa: Arias descubrió a los Musicians en el Womad granadino de 1995, y ahora colabora con uno de sus pilares, Bachir Attar, en ese Ciudad sin sueño que cierra y titula este peregrinaje.
Más conexiones bellas: el ahora octogenario Ríos emerge como invitado estelar para una reinvención de su Boabdil el Chico, original de 1986 que encaja cual anillo anular en todo este maravilloso tinglado. Mawlid no es un álbum cómodo, sencillo ni de vocación pop, pero supone un ejemplo más de la valentía innegociable con la que nuestra lagartija granaína se toma todo lo que concierne a su obra musical. Casi un ejercicio de rastreador, un prodigio de inquietud e inconformismo.