Aquel viejo concepto del placer culpable, que creíamos definitivamente desterrado del vocabulario, pugna desde las catacumbas con volver a hacerse un hueco en nuestro abanico de definiciones cada vez que aparece un nuevo álbum de Young The Giant. Sobre todo si se trata de un trabajo tan manifiestamente bienintencionado y buenrollista como este que ahora nos ocupa.

El sexto álbum de los Giant menciona una vez tras otra la empatía como mantra, garabatea algo parecido a unas florecillas de colores en portada; apela a un crecimiento lento, sostenido y exitoso con las solas connotaciones del título, elige a una muchacha extática y con ambiciones casi levitatorias como imagen de referencia y entrega 11 canciones como una catarata sin fin de estribillos felicísimos, coros celestiales y demás himnos para abrazarse fuerte con algún amigo/a especial en sabe dios qué festival con derecho a camping. De acuerdo: todo puede resultar un punto irritante en la propuesta de estos Gigantes californianos (de dónde, si no), pero de la misma manera que todo también puede resultar, aunque lo digamos por lo bajini, inequívocamente gozoso. Las dos cosas son compatibles entre sí: hagan la prueba y sorpréndase pulsando la tecla del repeat, al menos cuando no les vea nadie.

Sí, Victory garden es un álbum disfrutable, por bien manufacturado, alegre, afín al chisporroteo, manifiesta y descaradamente cantarín. Incluye 11 canciones concebidas como si cualquiera de ellas pudiera merecer los honores de las siete pulgadas, incluso aunque sea recurriendo a préstamos descarados. Evergreen aporta un interludio que parece un sampler de Queen y Already there es un calco de Coldplay, solo que con un vocalista que parece la versión surfera de Rafa Val. Y sí, mencionar en la misma frase a Viva Suecia y a los chicos de Chris Martin puede provocar que más de un musiquero de gatillo fácil comience a soltar espumarajos por la boca.

No sean tan susceptibles: escuchen, déjense llevar y, en última instancia, disfruten, porque merece la pena. Produce Brendan O’Brien, maestro consumado del sonido orondo, la redondez tímbrica y la manufactura festivalera. En el fondo, Victory garden es un canto de gratitud a la California más sureña y su cantante, Sameer Gadhia, sabe dosificar las incursiones en la nostalgia y la inocencia difuminada (Bitter fruit) tan bien como la solemnidad (God as witness) o la confianza algo cándida en el futuro (The garden). No hay ningún gran hallazgo musical, temático o literario, pero el disfrute liviano y el apetito por repetir la escucha no es botín pequeño. Aunque lo hagamos en soledad y casi, casi, a hurtadillas.

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