La vida es una experiencia larga, densa, compleja y embriagadora como un disco de Interpol. A punto de cumplirse un cuarto de siglo de su fulminante e influyente debut, Turn on the bright lights (2002), la voz tortuosa de Paul Banks y las guitarras enmarañadas de Daniel Kessler continúan representando una alianza tan indestructible como un gran bloque de hormigón. Entre los dos se encargan de que este octavo álbum de la banda del cuarteto conserve ese aire absorto y hechicero de los mejores días. Es más, puede que la combinación de elementos que representan sus dos cortes inaugurales, el punto etéreo de This mirror weighs a ton (la canción) y el calambrazo nervioso de See out loud, simbolice lo mejor que les hemos escuchado a los neoyorquinos desde sus años mozos.
No es This mirror… un álbum renovador, porque suena a unos Interpol pétreos y reconocibles, pero sí podemos considerarlo reconcentrado. La voz barítona de Banks es una plegaria que se eleva en busca de respuestas improbables ante un mundo que se ha vuelto imposible de comprender. Kessler lo empaña todo de un halo de misterio (escuchen la combinación de ambos mientras la frase “And I dream violence”, “Sueño con la violencia”, nos taladra la conciencia en Wounded soldier), mientras que de los sintetizadores vaporosos se encarga personalmente en muchos casos Andrew Wyatt, el cotizadísimo productor que dirige la grabación aquí y cuya firma ya hemos visto en trabajos de Liam Gallagher, Miley Cyrus, Dua Lipa o Yeah Yeah Yeahs.
Todos ellos se confabulan para dar forma a un álbum pétreo, sesudo, extenso para los parámetros de este presente fugacísimo (53 minutos); tan carente de asideros para el tarareo como profundamente narcótico y cautivador, sobre todo si nos concedemos el regalo de una escucha atenta y reiterada. A veces inesperadamente plácido y afable (So rides the reindeer), otras azuzado por la batería nerviosa de Sam Fogarino (Ever the actor), que sigue sin poder salir de gira por sus problemas médicos, pero rubrica un trabajo fabuloso durante gran parte del álbum. Y ante todo emerge siempre el magnetismo ensimismado de Paul Banks, un hombre que abandonó la estela evidente de Joy Division para sonar cada vez más en la misma frecuencia de onda de The National.
Banks puede ser ocasionalmente fiestero (Wake up), pero lo suyo es más bien avisarnos con la reiteración debida sobre los aspectos conflictivos de nuestra azarosa existencia (Wings on fire, Bird and the serpent). Ni la vida ni los discos de Interpol son sencillos, pero ambos merecen (mucho) la pena.