El nombre de la banda es autoexplicativo. Lingbo Anne Tong y Bryce Barsten son pareja desde sus tiempos de la universidad, en el estado de Washington, y de aquella comenzaron a fantasear con la idea de escribir canciones a cuatro manos integrando de manera natural y espontánea sus códigos culturales: el mandarín y el inglés como vehículos paritarios de expresión, la formación como pianista clásica de ella, el bagaje en bandas indies y las nociones de ingeniería musical de él. Puede que los comienzos fuesen los propios de unos novios divirtiéndose y pasando el rato en los tiempos muertos entre examen y examen, pero es evidente, a la altura del tercer álbum del tándem, que aquel pasatiempo se ha convertido ya en una cosa muy seria. A nivel de implicación, nos referimos; en el plano argumental, Dum dum & then some es divertidísimo.

Abonados al pop de sintetizadores, el chisporroteo de teclados y ese espíritu jovial y travieso de quien se siente bien acompañado y en un espacio seguro, las páginas de Tong y Barsten –ahora afincados en Seattle– son cantarinas, risueñas y propicias para un canturreo divertido y evanescente, sobre todo partiendo de la base de que serán pocos los oyentes occidentales que puedan seguir los tramos de las letras escritos en chino. Las escalas propias de Oriente también están presentes en este repertorio escrito con tanto esmero como vocación lúdica, y plagado de referencias a la cultura popular: Turn up the radio parece calcar el patrón rítmico de Pumped up kicks (2011), el adorable pelotazo de Foster The People, de la misma manera que I wanna go home se inspira de manera bastante evidente en aquel cabalgar percutivo de Running up that hill (Kate Bush, 1985), mientras que Mama adopta un tono funk que solo podríamos mejorar si de cara a alguna próxima entrega convocásemos a Nile Rodgers para que desplegara su arsenal de riffs y triquiñuelas de producción.

Las dos canciones más desinhibidas, alegres y pletóricas de la colección lo son ya desde sus propios títulos, Lovely day y Land of fun, y en ambos casos harían estragos en cualquier fiesta de puesta de sol. Pero también hay miradas al otro extremo del globo terráqueo, como no podía ser de otra manera. Chant reproduce el concepto de los cánticos religiosos en bucle y repite durante tres minutos los mismos dos versos, mientras que Chinese american bear anthem concluye la sesión con otra suerte de salmodia psicodélica mientras la voz se vuelve irreconocible a su paso por el vocoder.

Como parecen imponer estos tiempos a toda pastilla, la diversión se nos agota en unos poco generosos 31 minutos. Pero lo fugaz se ha convertido en esencia de la vida y del proceder artístico, y Dim sum… es un encantador plato principal para amenizar una cena moderna, imaginativa y cosmopolita.

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