El gran Gary Louris, uno de esos contadísimos magos dotados con la varita mágica de la canción perfecta, acaba de superar la estratégica frontera de los 70 años y ha debido pensar que no procede ahora mismo ni perder el tiempo ni andarse con rodeos ni probaturas. De la misma manera que los dos trabajos previos de The Jayhawks exploraban líneas de trabajo más o menos colaterales (Back roads and abandoned motels recopilaba en 2018 piezas escritas originalmente para otros artistas y rarezas varias, mientras XOXO se erigía dos años más tarde en un álbum paritario y colaborativo entre los cuatro miembros de la banda), el duodécimo álbum de esta ya muy ilustre institución del americana nace con la abierta intención de asentarse como una referencia absoluta dentro de su discografía. No en vano se cumplen ahora cuatro décadas de historia de la banda, a ratos discontinua y tortuosa, así que merecía la pena asestar un rotundo golpe sobre la mesa. Y los más viejos seguidores de las andanzas recibirán esta noticia con alborozo justificado Sanctuary Park nace con abierta vocación de plantarle cara al maravillosísimo Rainy day music (2003) como el mejor título de los de Minneapolis en el siglo XXI, a la altura de lo que sus clásicos e irrepetibles Hollywood town hall (1991) y Tomorrow the green grass (1995) supusieron en los tiempos en que la nave contaba con Mark Olson en funciones de copiloto.
Está visto que Louris no encuentra su mejor versión en las formulaciones musicales de vocación, digamos, más democrática, pero en estos casos no nos importan las autarquías. Hablamos, qué demonios, del firmante de Save it for a rainy day, Big star o I’m gonna make you love me, así que poco podemos objetar al hecho de que sea él quien blande lápiz y papel para ejecutar los 11 títulos que integran este trabajo a la postre adorable. Y más aún si su tema de apertura es ese Keeping our heads above water, clásico instantáneo a la altura de lo mejor de todo su cancionero, una golosina tarareable (¡abre con un coro de “Oooh, oh, oooh”!) que podría pasar por un tema perdido de los Travelling Wilburys o, por extensión, de los Heartbreakers de Tom Petty.
La fiesta, con todo, no ha hecho más que comenzar. Gary convoca a otro viejo amigo de la afición, Bob Ezrin, para que limpie y purifique el sonido como hizo cuando ya asumió la producción para Smile (2000). Y destapa tarros, esencias y lo que sea menester para invocar los espíritus de Neil Young (Leap of faith) o hasta de Poco y la vieja escuela californiana de los setenta con Mr. Lincoln, muy curiosa deriva argumental en torno al ilustre decimosexto presidente de los Estados Unidos.
La conexión canadiense tiene toda la lógica, por cierto, puesto que el trabajo se registró en Toronto, la ciudad a la que nuestro protagonista principal trasladó su residencia después de contraer matrimonio con Stephanie Stevenson, reiterada musa a lo largo de su producción reciente. Y aunque esa reiteración argumental puede resultar algo latosa desde una perspectiva desapasionada, aquí no hay ese punto empalagoso que le llevó a publicar su tercer álbum en solitario, el más bien irrelevante Dark country, en el día de San Valentín de 2025. Always and a day incurre en tópicos románticos, por ejemplo, pero exhibe un prodigioso armazón de guitarras y segundas voces, por no hablar de esa armónica con aliento de blues. Y Sanctuary park, aun refiriéndose también a Stephanie, es un fabuloso tiempo medio con abrazo de nostalgia, evocación y mezcla de lugares reales y estados de ánimo. Louris en estado puro.
La juventud perdida del autor aflora en Family strangers, otro ejemplo de que, más allá de la belleza y luminosidad de estas canciones encantadoras, sobrevuela por todo el repertorio un chispazo de melancolía. Son piezas eternas, de esas que terminaremos integrando en la memoria como hicimos hace 23 años con Tailspin, Angelyne o Stumbling through the dark. A aquella Música para un día lluvioso le ha surgido un fiero competidor, y no podríamos alegrarnos más al respecto.