Es fácil sentirse tentado a catalogar a Jasmine Rose Wilson como una de las jóvenes, refrescantes y rutilantes sensaciones del rhythm ‘n blues, pero también vamos habituándonos a comprobar que esta chavalería milenial tiende a difuminar estilos, fronteras y postulados, y ella, tan brillante y expansiva, no iba a ser una excepción. Contraviniendo los pronósticos, Baby Rose abre su anheladísima tercera entrega con un corte, When I’m gone, en el que se nos presenta como una suerte de Kate Bush algo acatarrada, al menos hasta que masculla el primer “Fuck!”, una circunstancia que le pegaría bastante poco a la autora de The hounds of love (al igual que todo ese despecho reconcentrado en la frase “Ya me echarás de menos cuando me haya ido”). Solo a partir del segundo título, el sensacional But, nvm, afrontamos el preceptivo cambio de aires, aunque ni siquiera aquí nuestra amiga de Washington DC se ajusta a los parámetros del retro-soul y el r&b contemporáneo que habríamos imaginado antes de darle al play: ese bajo seco, matemático y galopante parece emular al de John McVie en Dreams, y la sospecha no parece disparatada si reparamos en que Jasmine ya sorprendió hace un par de temporadas con una versión muy sentida de Fleetwood Mac (Landslide).

Ventajas de tratar con estas artistas de inspiración opípara y adscritas a la hermandad de los culos inquietos: igual que Rose no ha parado de reajustar la geolocalización –se crio en Carolina del Norte y ha terminado afincándose en Atlanta–, la curiosidad le lleva a expandirse también hacia el pop adulto. Pero más allá de que guitarras acústicas y eléctricas tengan que practicar el colecho durante todo el álbum, el trasfondo soul prevalece en un repertorio en el que All my love parece remontarse a los tiempos gloriosos del sonido Filadelfia y Dressed in metal podría constar en cualquier discazo de los Isley Brothers.

En cualquier caso, Jasmine tiene claro que no ha venido al mundo para andarse con remilgos. Yearnalism es un álbum sensual pero jamás ramplón, descarado y descarnado sin perder la finura, y tan razonablemente impredecible como cabe prever de una muchacha que acababa de marcarse un EP con la banda de jazz evolucionado BadBadNotGood y convoca hasta a cinco productores distintos para convertir este trabajo en una experiencia no solo pletórica, sino poliédrica.

Imposible no derretirse ante los dos baladones a dúo que jalonan la propuesta, Is this love? (junto al soberbio británico-sudanés Elmiene) y, aún mejor, ese Friends again que le sirve para reeditar el encuentro con Leon Thomas que ya había experimentado con I used to, en el laureado último álbum del neoyorquino. Pero Baby también encuentra momentos que, como Let me go, podrían confundirse con un clásico del yacht pop de finales de los setenta. ¿Cómo no vamos a encariñarnos de una mujer así?

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