El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero es uno de nuestros jazzistas más ubicuos, hiperactivos y admirados allende las montañas, pero por fortuna el océano de imaginación que surca su mente no aporta hasta la fecha el menor indicio de agotamiento. 51 es un título algo extraño y desconcertante para hacer referencia a su edad actual (a estas alturas ya acaba de cumplir los 52), pero el hecho de escoger o, de alguna manera, conmemorar una cifra nada redonda también puede servirnos como metáfora de que la celebración de la vida, la inspiración y el talento no necesitan de números redondos ni efemérides forzadas. Y estos ocho cortes (o nueve, si computamos ese Grace final, catalogado por el firmante como “propina”) representan un diálogo emotivo y emocionante, sin renunciar tampoco a su dimensión melódica, como pocos grandes proyectos del jazz europeo tienen ahora mismo que envidiar.

El artista vitoriano siempre ha despuntado en ese distinguido y cada vez más holgado colectivo que hermana jazz y flamenco desde un respeto integrador y admirado, pero la influencia jonda queda esta vez orillada en un proyecto de calor inequívocamente jazzístico y muy encomiable por calidez y finura, por ese pulso tan propio que envuelve al oyente en una suerte de abrazo acústico encantador. El punto de partida de 51 es el homenaje a Toni Belenguer, el gran trombonista valenciano desaparecido prematuramente en 2020 con apenas 45 años e integrante de ese quinteto primigenio de Caminero, ahora por desgracia ya irrepetible. Pero el de Gasteiz se recompone con una colección preciosa en la que asoma un saxofonista tenor joven, el toledano Daniel Juárez, junto a dos tótems como el pianista Moisés P. Sánchez y el batería Borja Barrueta.

Nada podría salir mal y, en efecto, casi todo lo que acontece es, sin duda, para (muy) bien. La espiritualidad que sobrevuela toda la colección queda asentada con el sorprendente preludio, una lectura a txalaparta y contrabajo de un canto gregoriano, O gloriosa domina, una decisión insólita pero muy bella. Y encaja bien con un espíritu a veces etéreo y ambiental, sobre todo en el 51 que cierra el círculo y hasta en esa misma portada evocadora, desenfocada y campestre, quizá un reflejo de la belleza de lo efímero.

Es una fina línea de gusto por la tierra, el petricor, la sustancia. A Pablo se le intuye confiado, seguro, íntimamente orgulloso de haber llegado a ser quien es. Y piezas como Ablandolao, ¡Gracias, Paco! o Kontrapas le dejan a partir de ahora el listón muy alto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *