Todo lo que concierne a They Might Be Giants es una invitación al asombro. Con motivo de su cuadragésimo aniversario como dúo, John Flansburgh y John Linnell no encuentran mejor motivo de celebración que la entrega de un nuevo álbum, ¡el número 24!, con el que derrochan ingenio, imaginación y recursos como si fuesen un par de chiquillos primerizos y ansiosos por mostrarle al mundo las muchas cosas de las que son capaces. Solo desde esa perspectiva de pasión melómana y mentalidad jovial puede comprenderse en toda su dimensión este álbum fabuloso y sorprendente desde cualquier ángulo, sobre todo en esa avalancha de ideas apelotonadas en sus 18 canciones, casi siempre por debajo de los tres minutos, diferentes todas entre sí y adictivas con independencia del momento en el que nos incorporemos a la escucha.

Que Flansburgh y Linnell no figuren en la alta aristocracia del pop mundial es una insensatez histórica que a la altura de su cuarta década de trayectoria se vuelve todavía más flagrante. Pero eso debe importarnos poco. Las perlas reconcentradas de pop pletórico que se suceden sin descanso en The world is to dig abarcan desde el pop barroco de la apertura, Back in Los Angeles (con sus cuerdas plañideras), hasta el power pop asombroso de Wu-Tang, un homenaje a Wu Tang Clan como solo se les podía ocurrir a estos dos tipos tan pintorescos y librepensadores. El componente power reaparece, por cierto, en la única versión del álbum, esa fantástica recreación de aquel Overnight sensation (Hit record) que Eric Carmen escribiese para los Raspberries hace ya su buen medio siglo, pero también en la incursión francófona de Je n’en ai pas o en el fulminante arrebato funk de Get down, ejemplo académico de cómo empezar una canción por el estribillo y no perder fuelle en ningún momento.

A partir de ahí, sumemos las virguerías melódicas de estos geniecillos solo homologables a Sparks o a Squeeze y a cuyo rebufo llegaron Ben Folds, Weezer o, en su faceta más ocurrente e irónica, Crash Test Dummies o Barenaked Ladies. Cuesta interiorizar un repertorio tan nutrido (pese a que el disco, insistimos, ronda unos muy razonables tres cuartos de hora) porque no hay aquí ni pizca de morralla, sino una eclosión de arquitecturas de pop estilizadísimo, tan deudor de la new wave (hay un corte dedicado expresamente a ello: New wave will never die) como de la psicodelia de los últimos años sesenta y como, incluso, del tin pan alley.

Tan abrumador –para bien– resulta todo que cuando el dúo desembarca en Slow no podemos creernos que el juego consista en una melodía construida a partir de microtonos, ¡a viva voz! A quienes les han hecho los ojos chiribitas estos últimos meses con la popularidad tiktokera de los simpáticos Angine de Poitrine se les puede separar ahora la cabeza del tronco. Avisados están ustedes.


 


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