Bea Kristi, esta siempre singular filipina afincada en el Camden londinense, nació en el mismísimo año 2000 y podría ejercer como una representante canónica de la generación Z, pero su música a ratos parece la plasmación de las fascinaciones sonoras de su señora madre (más que de las suyas propias). A la altura ya de su cuarto álbum, una cota inaudita a tenor de su partida de nacimiento, ha desarrollado una identidad inequívocamente propia, pero no por ello del todo predecible. Es más, este disco parecería llamado a romper todos los moldes, a poco que tengamos en cuenta la entidad de los cómplices, amigos, allegados y demás seres afines convocados para la ocasión: entre sus ilustres invitados figuran Hayley Williams (Paramore), Brendan Yates (Turnstile), Shane Moran (Title Fight) o Evan Stephens Hall, el neoyorquino que encabeza las operaciones en Pinegrove. Pero Pylon no deja de ser una entrega rabiosamente personal, sentimental y sincera, nacida a partir de las congojas propias de quien acaba de doblar la esquina del primer cuarto de siglo de vida y no puede por menos que plantearse unos cuantos interrogantes en voz alta, asumiendo que a algunos y algunas con más sexenios cotizados les parecerán reparos un tanto pánfilos.

Es curiosa la trayectoria musical de Beabadoobee, porque nació desde la espontaneidad solitaria de su dormitorio –el bedroom pop primigenio era una etiqueta rigurosamente literal– y se ha ido agigantando con el impacto de su obra, el ascendente de los aliados y el empaque mismo de un cancionero que no se reduce a una viralidad azarosa e incontrolable. En Pylon hay rabia, incertidumbre y angustia legítimas, casi como si nos encontrásemos ante un amago de Jagged little pill del siglo XXI. Y aunque la voz de Kristi no encierre tanta furia como acumulaba Alanis, estamos ante una sucesión de crónicas eléctricas, nerviosas y fulgurantes: compruébense con los poco más de dos minutos de la quintaesencial Sun has set, toda una sucinta obra maestra de emo con riffs nerviosos y coros enfurruñados.

Lo más llamativo, en cualquier caso, es cómo esta pequeña obra maestra de la era TikTok remite de manera reiterada al movimiento femenino alternativo de los años noventa, y de ahí que comentásemos aquello de que Bea parezca rendir tributo a la generación de su mamá. A los ecos de Morissette podemos aventurar nombres como Liz Phair (esa rotundidad guitarrera de It’s alright), Meredith Brooks y, en general, todo el movimiento que inspiró el festival Lilith Fair, además de inflexiones más melódicas en la onda de Sixpence None The Richer o Natalie Imbruglia. Y en mitad del álbum siempre queda la opción de aferrarse a la sencillamente adorable Memories, una canción de pop tan refulgente que por momentos parece una puesta al día de Here’s where the story ends, de The Sundays.

Nuestra filipina británica sigue siendo insultantemente joven, sí, pero Pylon refrenda que lleva sobre la espalda cinco lustros vividos con intensidad y no sin su buena dosis de soponcios y arañazos. Su manejo del molde de los 180 segundos escasos por pieza (el álbum incluye 14 canciones y se ventila en poco más de 40 minutos) es admirable y le sirve muy bien para desarrollar ese pop tan suyo, melódico y enfurruñado a la vez. Nothing to prove, con sus coros desaforados, lo refleja muy bien. Y Switchblade, desde su oscuro recelo, o la tierna y hasta sentimental Satellite refrendan que Beabadoobee es una muchacha empoderada, coherente y con un discurso propio en la cabeza.

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