La prematura y accidental muerte de Dolores O’Riordan a principios de 2018 cercenó de raíz la historia de unas de las bandas más ilusionantes e influyentes que han conocido las tierras irlandesas desde el advenimiento de los megalíticos U2. En estos ocho años y pico, y tras desvelarse con carácter póstumo ese álbum estupendo en el que la banda trabajaba cuando sobrevino la tragedia (In the end, 2019), tan brillante aun en su forma inacabada como para elucubrar con un a segunda juventud que nunca será posible, ya solo nos queda el consuelo de las migajas, de esas grabaciones colaterales que el cuarteto conservaba en la recámara y que en otras circunstancias quizá nunca hubiésemos llegado a conocer, aunque su encanto es de todo punto indiscutible. Y tal es así en el caso que ahora nos ocupa.

Live… irrumpe menos de un año después de que la visita de 1995 por los entonces celebérrimos MTV Unplugged adquiriese al fin corporeidad fonográfica, puesto que aquella grabación en su día se consideró innecesaria ante el éxito inapelable del segundo álbum (No need to argue, 1994) y la inminencia del tercero, el todavía muy brillante To the faithfull departed (1996). Es toda una sorpresa este documento aún bisoño pero adorable en la pequeña sala Astoria II londinense, una visita postnavideña en enero de 1994 que nos sirve como fotografía casi histórica de un momento en el que ya habían acontecido algunas cuantas cosas, pero estaba a punto de desatarse un cataclismo inolvidable.

The Cranberries venían de recoger los frutos de su primera visita estadounidense –un territorio en el que Everybody else is doing it, so why can’t we? (1993) empezaba ya a dar que hablar por un imparable fenómeno de boca a oreja–, y de concederse un pequeño receso vacacional antes de recuperar el pulso con una visita a una de esas salas que en esos primeros tiempos les servían casi como campamento base. En el Astoria se arrejuntaron unos pocos cientos de fans primigenios y algunos de reciente inscripción, seducidos por críticas que ya se maravillaban con la calidez de la banda. Y en ese ambiente de estrecha camaradería fue cuando O’Riordan, los hermanos Noel y Mike Hogan y el batería Fergal Lawler aprovecharon para que las canciones que habían ido completando solo unas pocas semanas atrás emprendieran el proceso de rodaje.

No hay muchos grupos que se atrevan a llevar a escena canciones que no han visto aún la luz, conscientes de que es difícil seducir al público desde cero, teniendo que desentrañar melodías, versos y giros que jamás había escuchado con antelación. Pero nuestros Arándanos de Limerick adelantaron sin pestañear hasta media docena de originales que en la segunda mitad del año constituirían el armazón de No need… Y entre ellos, claro está, aquel icónico Zombie que irrumpe ya con una musculatura inusitada: The Cranberries habían encontrado su particular piedra filosofal y ya apenas introdujeron modificaciones de relieve en lo que estaba llamado a convertirse en uno de los mayores (y más duraderos) acontecimientos musicales en el último tramo de 1994.

Ah, la emoción. Oh, la melancolía. The Cranberries (y, obviamente, nosotros mismos) eran entonces aún tan jóvenes que el característico trémolo de Dolores se confunde en algún momento con temblor de artista poco experimentado. Pero la intuición colosal del cuarteto está ya ahí, sin duda; sobreponiéndose a las incertidumbres, las tensiones ante unas expectativas cada vez más halagüeñas e incluso las ironías del destino. Porque este Live at the London Astoria se había dado por perdido durante décadas y nadie confiaba ya en recuperarlo cuando aconteció el milagro de un ejemplar traspapelado y desempolvado por manos amigas.

Y ahí, entre la excelencia precoz y el cataclismo a la vuelta de la esquina, queda esta grabación imperfecta pero encantadora de puro emocionante. Y con el atractivo adicional de que dos de sus cortes entran de cabeza bajo el epígrafe de las rarezas: la rabiosa y sensacional Liar afloraría en la banda sonora de la mediocre película Empire records (Allan Moyle, 1995), mientras So cold in Ireland, bonita y sin grandes florituras, tendría que conformarse con asomar como humilde cara B de la lindísima Ode to my family, que aquella fría noche invernal londinense aún no estaba lista para el escrutinio público. Qué tiempos más emocionantes. Y, claro está, tan irrepetibles.

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