Y en esto, queridas amigas y amigos, consistía el FOMO, ese acrónimo (en inglés, hasta ahí podíamos llegar) que quintaesencia la modernísima angustia de perderse los grandes acontecimientos, de no estar en la pomada, de quedarse sin constancia gráfica que inmortalice para siempre, ante miles de ojos anónimos y atónitos, el muy clásico “yo también estuve allí”. Solo desde la sociología, y no la melomanía, la escenografía o el sentido global del espectáculo como punto de encuentro, puede explicarse que una artista célebre y muy notable reviente durante 12 noches un estadio con 55000 plazas y aún tenga margen para anunciar in extremis una decimotercera fecha (el mercado no sabe de supersticiones) y reventar la taquilla de igual forma. Son más de 710000 personas las que han visitado durante este último mes el singular Macondo Park madrileño, y esa bola de nieve eternamente retroalimentada solo aviva la curiosidad ante futuros fenómenos. ¿Cuál es el límite de la viralidad a partir del cual queda algún hueco pequeñito en el mapa de localidades de un recinto?

La expresión “fin del mundo” no cobra significado pleno hasta que en alguna ocasión hemos pisado el Iberdrola Music, Estadio Shakira o como quiera que acierte a llamarse esta explanada remota entre nudos de asfalto, circunvalaciones y polígonos industriales que solo algún sherpa urbano habría sabido localizar en los años previos al Google Maps. Pero todo está divinamente organizado en este imperio, o emporio, barranquillero a 7627 kilómetros del cascarón natal. Tan segura se siente Shakira Isabel Mebarak de su poderío, del dominio supremo de afinidades y territorio, que ameniza la espera emitiendo durante horas por las pantallas gigantes videoclips de… Shakira. Cualquier otro artista lo consideraría un disparate, una sobreexposición contraproducente. Ella no. Porque lo vale y porque puede.

El decimotercer y definitivo (suponemos) evento matritense se demoró más de 35 minutos y, entre parlamentos emotivos y la generosa lista de invitados, superó con creces las dos horas y cuarto en ese infinito y más allá que es Villaverde Alto. Pero hay algo bueno, muy bueno, que advertir en torno al concierto de la colombiana: es, ante todo, un concierto. Con independencia de que la experiencia esté medida, pautada y concebida con precisión quirúrgica para resultar sencillamente espectacular. Hay, claro está, un guion muy calculado y del que en una producción de esta envergadura resulta difícil zafarse. Hay pirotecnia y las ya ineludibles llamaradas, aunque no muchas. Veremos surgir bailarinas y bailarines que parecen llegados de la antigua Grecia, pero sin abusar ni convertir el escenario en una pasarela de bellezas estratosféricas.

Incluso hay –asómbrense– bastantes músicos que tocan en directo, interactúan con su jefa de filas y aparecen reflejados en esas mismas pantallas gigantes que en otros montajes colosales los ignoran, como si el armazón de todo no dependiera de ellos. Se suceden los consabidos cambios de vestuario en número suficiente como para perder la cuenta, porque quién no iba a presumir de estilazo y de estilismo, pero el ritmo apenas se resiente. Y hay hueco para parlamentos y confesiones varias, hasta puede que algo prolijas de más, aunque tras un maratón como el de estas 13 comparecencias se comprenden y agradecen las confidencias.

Todo cuanto sucede en el universo shakirista se retransmite desde el ángulo preciso, con pequeñas virguerías adicionales como que las pulseritas repartidas entre la hinchada se encienden con los colores correspondientes de cada bandera mientras Shaki enumera los países de la órbita latinoamericana en Girl like me. Los primeros fuegos artificiales iluminan desde detrás del escenario el cielo flamante y sus pasillos aéreos antes de que haya concluido la tercera canción del lote, un cruce entre Las de la intuición y Estoy aquí. Por fortuna, y que conste en acta, la fórmula del popurrí no es intuición, sino excepción. Al contrario, Shakira apuesta por la holgura, la polirritmia y la diversidad tímbrica: el prodigio de su danza oriental para Ojos así, el estallido de tambores indígenas colombianos durante ese Algo tú compartido con su joven paisano Beéle o, lo más adorable de todo, los jovencísimos danzarines Ghetto Kids, de elasticidad incompatible con la fisonomía humana común, reclutados en las calles ugandesas de Kampala para alborotar la futbolera y muy afortunada Dai Dai.

“No me voy a dejar nada, porque no hay como cuando una lobita se encuentra con su manada”, había avisado nuestra licántropa de cabecera en un parlamento trufado de frases en inglés, porque el invento este de las residencias propicia (u obliga a) las visitas desde cualquier rincón del continente. Fue mujer de palabra y de obra, porque se sinceró y desgañitó, e incluso tuvo tiempo también de blandir y rasguear la guitarra eléctrica en ese buen amago de balada rockera que es Inevitable o de sentarse a la batería para Can’t remember to forget you, acaso por aportar una pizca de pimienta y sal a ese tramo del concierto (Don’t bother) en el que, inevitablemente, se multiplican las deserciones derivadas del estómago o de la vejiga.

Y todo, digámoslo bien alto, con un sonido impecable, nítido y sin reverberaciones ni cacofonías, algo que sigue pareciéndonos un sueño inalcanzable en el caso del foro rojiblanco.

“La vida es una operación de sumas y restas, y la mía no ha sido fácil estos últimos años. Pero cuando te caes te levantas un poco más sabia, fuerte y resiliente. Juntas somos invencibles”. Todo es coraje, pero también serenidad bien asentada a lo largo de estas tres décadas largas, en la gran jefa de la manada. Hay amago de reguetón en Copa vacía, porque la de Barranquilla no puede ser ajena a ningún movimiento de grandes masas, pero como la deriva instantánea es hacia el vallenato, con La bicicleta y La tortura (y su pequeño acordeón reinando en un estadio, bendito milagro), quedan claras cuáles son las filiaciones predilectas de la artista. Y por haber, hay hasta un Chantaje interpretado desde el camerino y entre bambalinas, un pasaje espectacular porque permite intuir, aunque sea en modo encapsulado, cómo son las tripas del montaje. Todo ello antes de dar la bienvenida a Maluma, aunque su peso específico o el de Dani Martín (Te dejo Madrid) sean modestos en comparación con el parlamento cómplice y los piropazos cruzados con Laura Pausini antes de Antología.

Habló Shakira del “estigma con la soltería”, evidenciando que a su célebre expareja balompédica no le reserva por ahora ni un ápice de concordia ni comprensión. “A veces te enamoras y luego se disuelve la familia, te quedas sin brújula y no sabes si tienes las herramientas para salir adelante. Al final, es una oportunidad para aprender de uno mismo y descubrir que todo lo que necesita uno para ser feliz está dentro y no fuera. Lo importante es sentirse libre; el amor por el otro es muy bonito, pero más aún lo es el amor propio”. Entre los agradecimientos más efusivos, en cambio, estuvo el dedicado a su exnovio Antonio de la Rúa, hoy al frente de la producción de sus proyectos. Qué cosas.

Shakira tampoco inventa en su gira Las mujeres ya no lloran nada que no conociéramos, cierto, pero todo lo termina haciendo bien. No se muestra soberbia ni megalómana, sino inusitadamente orgánica. Nunca olvida que es la música, y no el baile o la luminotecnia, su genuina razón de ser. Y, teniendo todos los motivos del mundo para una autoestima apuntalada en puro hormigón, omite los ramalazos de orgullo onanista que afloran en los casos de Bad Bunny o The Weeeknd, por hablar de las otras grandes residencias internacionales en la temporada madrileña.

Al final, el único posible exceso es bautizar tu propia ciudad con el nombre de Macondo, por mucha complicidad que en su día tuvieras con el bueno de Gabo. Eso, y que estas nuevas metrópolis urbanas, en una ciudad de soluciones habitaciones complejas, quedan más allá de donde da la vuelta el viento. Pero muy a favor de todo, Shaki: para qué negártelo.

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