El insigne gaditano Javier Ruibal siempre tuvo alma de cuentista, una vocación de fabulador que se filtraba por las historias cotidianas, amorosas y sagaces de su bien nutrido cancionero. Y a medida que ha ido sumando horas de vuelo en este accidentado y gozoso viaje de la vida –más aún si, como en su caso, nunca le ha faltado una exquisita banda sonora–, esa querencia por la imaginación y la historia fantasiosa no ha hecho sino acrecentarse, y qué hermoso ser destinatarios del regalo de sus nunca banales ocurrencias. Ya le sucedió en el disco anterior, aquel Cabaret Saturno (2023) que se sacaba de la manga un tugurio indecoroso y concupiscente en la Barcelona de los años cincuenta por cuyo escenario acontecían todos los episodios liberadores que la realidad (y la policía franquista) negaban con pulso férreo y espíritu mohíno en la desoladora realidad a pie de calle. Y esta vez es un primoroso lienzo de seda el que va pasando de mano en mano y siglo en siglo, de un punto a otro del planeta, en un divertimento que le permite a su autor enredar con diferentes escalas, timbres y sonoridades mientras se entrega a un exuberante juego lingüístico de aromas míticos, cortesanos y populares.
Porque Javier es un hombre propenso a los gozos, eso lo saben desde Cádiz hasta la China popular, y solo él puede enriquecer sus versos con la sonoridad única de esas palabras preciosas que tanto disfruta espolvoreando aquí y acullá: recua, buhonero, chinela, bonete, covacha, lotos y juncales, harapos, Manchuria, quincalla, cachivaches. Porque Ruibal no se limita a manejar las palabras, sino que las acaricia y paladea, las amolda y acolcha a su antojo con esa pericia que solo se adquiere a base de talento y muchos trienios cotizados de oficio puro.
Y así es como esta pintoresca peripecia textil nos permite surcar mares y latitudes, marchar del Lejano Oriente a la distinguidísima Florencia del Renacimiento, el voluptuoso Caribe cubano y, cómo no, el pálpito incomparable de las calles gaditanas. Todo muy cuentista y fabulador, si se quiere, pero en absoluto gratuito. El devenir de la tela sirve de eje para plantear cuestiones sobre concupiscencias, ansias de libertad, envidias cochinas o feminismos innegociables. Ni una puntada sin hilo.
Ruibal vuelve a apostar por grabar en directo y con público sus nuevas canciones, en esta ocasión a lo largo de dos veladas primaverales en el Real Teatro de las Cortes de San Fernando (¡nada mal!), y con un equipo de cómplices habituales entre los que ya se han vuelto ineludibles el arreglista Javier López de Guereña, el guitarrista José Recacha y su propio hijo, el percusionista Javi Ruibal; mientras que su hija (la bailaora Lucía Ruibal) y yerno (el guitarrista flamenco José Almarcha) irrumpen en ese festivo corte final, La herencia, que como buena alegría de Cádiz parece escrita muchas décadas atrás bajo el sol perezoso de La Caleta: “Entre los flecos, niña / del mantoncillo / se enredan los piropos / a manojillos”.
Es todo precioso y reconfortante en este Cuento chino que tiene, no se confundan, mucha enjundia, y en el que hasta la voz profunda, timbrada e incomparable de la actriz Luisa Gavasa, extremaña como no encontrarán otra, se cuela como narradora que da paso a los distintos escenarios de la fábula. Escuchen, lean, imaginen, presten atención. Sonrían. Sobre todo, eso: sonreír. Ruibal nos lo pone en bandeja, y eso no tiene precio.