¿Chulas por molonas o por orgullosas y desafiantes, más aún si enarbolan un ADN inequívocamente malasañero? Ese título ambiguo por polisémico es el primer gran acierto en el regreso de Los Enemigos, una banda con la que siempre conviene permanecer sintonizados, y más aún si han transcurrido seis años desde la anterior comunicación discográfica, aquel Bestieza (2020) que para más inri se vio opacado y acallado por su práctica coincidencia con la irrupción de la pandemia en nuestras vidas y la prolongada imposibilidad de llevar la música a los escenarios. De ahí que estas Canciones chulas se acojan con tanta receptividad y brazos abiertos, predispuestos como estábamos a escudriñar un nuevo puñado de crónicas urbanas pero también sentimentales: esa ambivalencia que, a la altura de su undécimo álbum, el cuarteto de Josele Santiago sabe preservar tan bien.
Con un pie en la crudeza y otro en la ternura. Así transcurre la nueva camada enemiga y de esa manera hemos de escudriñar en la psique y la pluma de Santiago, un tipo complejo, poliédrico y contradictorio como acaba sucediéndole a los creadores más panorámicos y enriquecedores. Y nada como los dos primeros cortes de esta nueva criatura fonográfica, a buen seguro también los más perdurables, para comprender esa doble dimensión. El tema que inaugura el álbum y le da título brota con nervio, furia y electricidad, con el chispazo propio del riff contundente y el alboroto. Y en abierto contraste, Miss Dinamarca se erige en preciosa declaración de amor a mitad de velocidad, una página sensible y confesional con inflexiones melódicas preciosas y un punto de partida insólito: el título proviene, a lo que se ve, de una guasa que le dedicó a Núria, la pareja de Josele el mismísimo (e ilustrísimo)… ¡Chiquito de la Calzada!
La predisposición a las confidencias es uno de los mejores factores que maneja este repertorio, nada ajeno a las circunstancias que Santiago revelaba allá por febrero, sin circunloquios y a calzón quitado, en esas memorias ásperas y necesarias que se titulan Desde el jergón (Contra Ediciones). El pánico escénico, los bloqueos creativos o la medicación para preservar el alma asoman sin filtros ni reparos aquí y allá, en especial en la explícita y necesaria En alguna realidad (“En un profundo socavón / he vuelto a despertar / Roto, inválido y faltón”), pero también en la búsqueda de un porvenir más halagüeño que alienta la simbólica ¡Bum! (“Don Presente murmura / Don Pasado no está / Don Futuro estornuda / mala señal”), con ese aire casi de fábula que no habría desentonado en una intervención televisiva de la banda, cuatro décadas atrás, para La bola de cristal.
La segunda mitad del trabajo abraza un espíritu algo más liviano y alentador, con el aire orgulloso de Isla, el empeño regenerador que late en Luz de los lunas y el revulsivo que supone comprobar que en Rumbo al sol es el siempre indispensable Fino Oyonarte quien se aventura a asumir la voz cantante. Y todo ello para acabar desembocando en el título más chisporroteante de la colección, ese Puto blues que apela a la rebeldía y la mala baba, y donde la guitarra de David Krahe acaba por consagrarse como una de las mejores cosas que ha acontecido en mucho tiempo en la órbita de Los Enemigos.
No hay tampoco grandes sorpresas en Canciones chulas, un disco breve y expeditivo, como corresponde a los tiempos con los que nos ha tocado lidiar, pero que actúa como pequeña terapia de electroshock a cargo de unos tipos que, ya sexagenarios y magullados por la vida, conservan más entereza, coherencia y ganas de dar la tabarra que muchos de los que, por edad, aspirarían a sacarles muchos kilómetros de ventaja. Y qué va. Lo de Josele sí que es honestidad brutal: un pellizco que duele y obra como revulsivo, tanto para él como para nosotros.