Quienes estén ya familiarizados con el nombre y la figura de Susan Santos saben bien de su condición de artista adscrita a todos los márgenes, ya que ninguno de los epígrafes que podemos adjudicarle la convierte en integrante de un grupo mayoritario. Sigue fiel al blues como principal lenguaje expresivo, es mujer guitarrista, proviene de esa periferia geográfica (Badajoz) que rara vez aparece reflejada en las crónicas digitales o impresas, todas las canciones continúan brotándole en inglés de su lapicero y, como pincelada adicional dentro de este paisaje de singularidades, es zurda en el manejo de su instrumento. Y con estos mimbres desembarca en nuestras estanterías el que ya es el ¡séptimo! elepé de nuestra protagonista, un trabajo breve, fulgurante y polvoriento con el que Santos refrenda su condición de gran cronista de esa América profunda, razonablemente peligrosa y genuinamente fotogénica y cinematográfica. Un panorama más bien de película para la que ella, a falta aún de sus pertinentes fotogramas, construye el pertinente guion y su banda sonora.

Camino Diablo, una alusión evidente a esa Devil’s Highway que surca los desiertos de Arizona y California con rumbo a México, se concibe a lo largo de sus nueve cortes como una road movie trepidante en la que se suceden los personajes al filo de la ley, acechan los peligros bajo un sol justiciero que nos aproxima a los 50 grados centígrados, las serpientes de cascabel zigzaguean entre los matorrales y los escasos pantanos o arroyuelos en los que refrescarnos la coronilla adoptan el nombre de bayou (y de ahí la presencia en la bisectriz exacta del álbum de Down on the bayou, una de las piezas más descriptivas y sugerentes). Ese es el paisaje que se evoca y hasta casi se respira durante esta sucesión de escenas y riffs en el filo de la navaja, de tragos de alta graduación para anestesiar la conciencia en los momentos en que perdemos la fe (Faith) o de parejas que ponen pies en polvorosa, y nunca mejor dicho, huyendo de un pasado poco favorecedor (Loco wildside).

Es un motivo de orgullo para la escena peninsular que una artista así, tan sorprendente y genuina, tan ajena a modas y corrientes, permanezca fiel a un ideario y lo solidifique con una obra rocosa, quintaesencial y rabiosamente fronteriza. Mientras muchos por tierras ibéricas aún no han oído hablar de Susan, el mismísimo Billy Gibbons, el barbado jefe de operaciones de ZZ Top, dejó dicho sobre ella que es “una guitarrista con magnetismo especial y una profesional seria, solvente y absoluta”. Pero, más allá de ese perfil aguerrido, Camino diablo abre la puerta a otros cauces de expresión en su tramo final, con un Howlin’ moon de aire más californiano y setentero. Y, sobre todo, con ese excelente remanso acústico de The lonesome strangers waltz, una preciosidad de guitarra, banjo y armonías vocales que desemboca en el castellano justo al final para detallarnos esa temeraria mezcla de “mezcal, arena y veneno” con la que se cimenta el encuentro de sus dos protagonistas desolados.

¿Se imaginan por un momento que una canción así acabase en manos de Emmylou Harris? Sería un sueño precioso.

El paréntesis acústico es, como en todo desierto que se precie, un espejismo, porque Camino diablo acaba desatado, enfurecido y a todo trapo con El Diablo is goin’ on. Susan Santos es así de peliculera, pero no habla de oídas: ha pisado el terreno, se ha empapado de su esencia, sabe cómo huelen las tabernas y el aliento de los perdedores. Quizá sea difícil que sus historias alcancen una multitud de oyentes, pero los oídos finos harán bien esta vez en volver a cazarlas al vuelo.

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