A Javier Estévez no parece gustarle ni un poco este mundo en el que nos hemos visto inmersos, y a ese respecto solo se nos ocurre darle la razón. Desde ese punto de vista humanista y crítico, a ratos desolado y otras solo amargo (que no es poco), el quinto álbum del hombre que da cuerpo y sentido a Subtónica se erige en una suerte de elepé conceptual sobre el devenir errático de nuestras vidas, sobre las apariencias forzadas y las incomunicaciones clamorosas, sobre el qué dirán contemporáneo de esos foros públicos que se han convertido en escenarios para lapidaciones incruentas. ¿Esperanzas? Solo las justas, a poco que miremos alrededor sin colocarnos las dos manos por delante para evitar daños mayores en las retinas. Pero siempre nos quedará la música, viene a sugerirnos este Salvarnos, y precisamente a ella podemos aferrarnos. Si no es para mantener indemnes nuestras castigadas neuronas, sí al menos para obtener cierto alivio y redención.

Ese viene a ser el hilo argumental de Salvarnos, un disco monotemático sin llegar a serlo del todo y un ejemplo más de que en España, más aún en esa España periférica con talentos que desarrollan sus inquietudes a algunos cientos de kilómetros de la Villa y Corte, siguen aconteciendo episodios de ilusionante relevancia creativa, aunque rara vez lleguen a oídos de lo que llamamos gran público. Ni mucho menos se filtren en los designios cada vez más sesgados de unos algoritmos que ya ni disimulan su preferencia por jugar con las cartas marcadas y ese flagrante sesgo edadista por el que lo que no es propicio para el perreo y el usar y tirar goza de muchas menos posibilidades de emerger entre un océano de semicorcheas contaminadas.

Por eso es bueno que se sepa de una vez por todas de la existencia de Subtónica, insistimos que a la altura de su quinto trabajo, y de este pop-rock a la vez lírico y orondo, pomposo en su condición sonora, con mordiente y carne en el asador. Un sonido que no busca tanto el chirriar de guitarras, siempre más melódicas que encabritadas, como un cuerpo prieto y orondo que tan bien sabe crear desde el asiento de productor el jiennense Pachi García Alis, también de flamante actualidad discográfica en primera persona (hace muy poco hablábamos aquí de Contradicciones) pero muy hábil en el noble arte de arropar, multiplicar y embellecer los méritos de terceros.

Todo acostumbra a sonar mejor con Alis de por medio, y ese refrendo de –llamémoslo así– épica mesurada es lo que acaba de dar nobleza y lustre a unas cuantas grandes canciones, desde la rotunda Jueces en Berlín (“La opinión ya se homologa destrozando la belleza, fomentando la pereza”) a la enrabietada La belleza de ser normal (pocos disimulos en “Cada vez más egocéntricos y cada vez más aislados”). O la expeditiva Para creer que estamos muertos.

Nos quedan, claro, el mar, la patria de la infancia o los precarios castillos de arena. Nos aferramos al simbolismo hermoso de que la guitarra aún bisoña de Gael Estévez, hijo del protagonismo, sea la que prologue Es hora de cambiar (a ver si es verdad) y la mencionada La belleza de ser normal. No es Javier Estévez un hombre de metáforas deslumbrantes ni hallazgos estrafalarios, pero cree en la música como vía de salvación. Por eso nos encanta señalarlo como uno de los nuestros.

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