La portada es horripilante, en efecto; a medio camino entre un telefilme de superhéroes inverosímiles para la sobremesa y un videojuego en el que equipo creativo hubiese presentado su dimisión en bloque a mitad del proceso. Hasta ahí las objeciones, porque el resto de lo que atañe a Future soul es extraordinario. El grupo que abanderan Susan Tedeschi y Derek Trucks (sí, sí, los de la “S” y la “D” en las pecheras de la imagen) lleva tres lustros avalando una honorabilidad rocosa y una ambición evidente a la hora de sublimar el blues eléctrico mucho más allá de sus límites geográficos y estilísticos habituales, pero nunca había llegado tan lejos en su empeño por universalizar el sonido y engatusar a un oyente docto, pero amplio y ecléctico, a través de un cancionero inapelable. Esta “alma futura” nos lleva más allá de cualquiera de sus trabajos previos gracias justo a eso, a que no renuncia ni a emocionar ni a provocar palpitaciones con un discurso arrollador.
Veníamos, y no era poca cosa, de la era del álbum conceptual I am the moon (2022), un ciclo en torno a amores imposibles que partía de un poema persa del siglo XII y acabó prolongándose a lo largo de cuatro entregas y una serie de complementos audiovisuales. Todo aquello estaba muy bien, pero Future soul se decanta por un discurso menos temático y centra sus argumentos en una arquitectura sónica monumental. Tedeschi lidera en términos vocales en 10 de los 11 cortes y suena tan cálida y rotunda a la vez, tan inequívocamente convincente, como solo le recordábamos a Bonnie Raitt en los tiempos de aquel Nick of time (1989). Trucks es un guitarrista excelente sin necesidad de piruetas, siempre más amigo del pellizco y del calambre que del contorsionismo aparatoso o el fuego fatuo.
La herencia de los Allman Brothers parece asomar no pocas veces por el retrovisor. Pero lo verdaderamente adorable es la incrustación de los dos jefes de fila en el contexto de una banda abrumadora de 12 efectivos en la que la sección de metales nos escora siempre hacia el soul, el Hammond aúlla a placer y las segundas voces apuntalan una visión de rock estilizado como no se estilaba ya desde los albores de los años setenta.
Hay dos nombres que destacan sobremanera en esa hábil y encantadora multiplicación de los efectos, y son los del segundo vocalista Mike Mattison, voz cantante en Under the knife y autor o coautor de algunos de los mejores cortes (empezando por el sencillamente soberbio I got you, soul-rock de campeonato), y Gabe Dixon, impecable en todos los teclados más nobles del género (pero con predilección por el venerable Hammond B3) y también compositor excelente aquí y allá, desde la negroide Devil be gone a la muy divertida Be kind, con un cierto deje a Obladi, oblada, y escala especial en la otra gran perla de esta colección, la casi balada Who am I. O de cómo convertir la serenidad en un ejercicio de intensidad emotiva.
Detrás de todos estos encantos no ha debido de ser pequeño el influjo de un productor ilustrísimo, Mike Elizondo, muy capaz de asociarse con Ry Cooder pero célebre por sus incursiones en el hip hop de grandes públicos (Eminem, 50 Cent, Dr. Dre), en los nombres femeninos con pedigrí (Fiona Apple, Pink, Nelly Furtado) y hasta en el rock de mentirijilla de Twenty One Pilots. Puede parecer una apuesta inesperada, pero la mirada sin apriorismos de Elizondo es la que permite conjugar la faceta más grasienta y pureta de TTB con el chispazo de los grandes estribillos y el encanto instantáneo de muchas de estas canciones. Puede que no lleguen a la categoría de superhéroes, pero Susan y Derek se han vuelto esta vez muy grandes. Los Delaney & Bonnie, qué maravilla, de nuestros tiempos.