Nada, absolutamente nada nos permitiría pensar durante la escucha de este disco que nos encontramos ante una cantautora nacida en Madrid y afincada de nuevo en la capital española. Nada, al menos, hasta que a la altura del décimo y penúltimo corte, Donde todo queda, descubrimos una canción en perfecto castellano y, claro está, sin acento foráneo. Pero todo en este precioso Past lives in California se adentra por los parajes de la canción folk y el americana con el encanto, el primor y el trémulo de las grandes mujeres jóvenes del género, artistas que, desde Tift Merritt a Laura Cantrell, Juana habrá escuchado con toda probabilidad y ante las que –y he aquí el dato más asombroso y relevante– no tiene nada que envidiar.
Resulta que Everett invirtió ocho de los últimos años de su vida en la Costa Oeste, y alguna otra hoja del calendario más por Nashville, y esa década de inmersión plena en la cultura estadounidense más rabiosamente melómana y terruñera tenía que plasmarse en un álbum cincelado con mimo artesanal, encanto pleno y una ternura vocal sencillamente desarmante. Hay mucho de periplo vital en estas canciones, claro, pero también un poso de cotidianidad costera, agradecimiento ante las experiencias acumuladas y una sabiduría sonora tan enraizada ya como para que Juana no se dedique a emular nada ni a nadie, sino que podamos considerarla parte fundamental de un ecosistema sonoro que le pertenece como legítimo miembro de pleno derecho.
Predominan los tiempos medios, siguiendo la lógica y pautas más comunes en estos territorios que alternan los destellos de sol y las rachas ventosas que levantan sus buenas polvaredas. Y quedan pequeños márgenes, claro, para husmear por territorios fronterizos, desde el deje vaquero (silbidito incluido) de One million dollars al tenue aire con que Your worst enemy sugiere que Juana ha también ha debido de escuchar desde bien jovencita a The Pretenders. Pero el plato fuerte (aunque relegado al séptimo corte, lo cual también tiene algo de guiño pureta) es el mano a mano con un ilustrísimo como Dylan LeBlanc para Whatever it takes. Un temazo que no se conforma con aportar un nombre rutilante para los créditos, sino que figura, de lejos, entre lo mejor del disco.
Una lectura atenta de los créditos refrenda el, digamos, nulo madrileñismo del álbum y el empeño valiente de Everett por legitimarse con todas las de la ley, pese a la distancia geográfica. Como pianista encontramos a Ray Jacildo (The Black Keys, Hank Williams Jr.), el batería es el muy ilustre Jamie Dick (habitual de Rhiannon Giddens o Dawn Landes, otras dos influencias muy plausibles para Juana) y la grabación alternó tomas en los Middletree Studios de Nashville y los míticos Fame Studios de Muscle Shoals. Hay pedigrí en este álbum, no hay duda, pero hay, sobre todo, materia prima. Ah, y la certeza, ante frases como “Ojos de cristal tratan de olvidar heridas de guerra”, de que nuestra protagonista también podría recular hacia su lengua madre con todas las garantías.