La figura de Jack Antonoff genera reacciones enconadas y, por lo general, tan desaforadas en halagos o enconamientos como suele suceder con casi todo en estos tiempos en que los matices son sistemáticamente arrollados por la pleitesía o el exabrupto. Como productor, su trabajo a la vera de Taylor Swift, Lana del Rey, Sabrina Carpenter o Lorde le ha convertido en uno de los músicos más cotizados, premiados y requeridos del mundo, un multimillonario con varita mágica con el que quieren trabajar todos los artistas sedientos de éxito y al que repudian quienes le acusan de homogeneizar el sonido de todo bicho viviente que pasa por sus manos. Al frente de Bleachers, sin embargo, sucede casi al contrario: nadie parece tomárselo demasiado en serio y sus discos se quedan en un discreto segundo plano, pese a que son divertidos, plurales, eclécticos, osados y, a ratos, magníficos. Y esta quinta entrega cumple con todas esas prerrogativas. Puede que figure entre lo mejor que ha hecho nunca, en cualquiera de sus facetas, pero aportará munición adicional a quienes quieran seguir reduciéndole a la condición de meme.

Everyone for ten minutes toma su título de una función del AirDrop de Apple que permite a cualquiera de los dispositivos cercanos compartir archivos durante diez minutos, y en ese sentido apuntala su condición de álbum receloso sobre esta era ultraconectada que nos está volviendo más ensimismados, apáticos, indiferentes y egoístas que nunca. En ese sentido hablamos de un álbum confesional y descarnado, seguramente más personal y narrativo que nunca, y mucho más basado en las texturas sonoras, los ambientes y las evocaciones melómanas que en los grandes estribillos bombásticos de otras entregas. De hecho, estamos ante un álbum rico en estrofas y narrativa, pero ajeno frontalmente a la tentación del tarareo. Un disco para disfrutar despacio, pero incompatible con la funcionalidad de amable música de fondo.

Por supuesto, nuestro amigo de Nueva Jersey sigue sin poder ni querer sustraerse a su condición de springsteeniano irreductible, así que las alusiones al universo del Boss son múltiples e incluso abarcan distintas épocas: mientras Sideways se abona al Springsteen de sintetizadores densos, a la manera de Tougher than the rest, Dirty wedding dress representa todo un festín que le encajaría a la versión más expansiva de la E Street Band. Pero de pronto The van apunta hacia el soul reivindicando un clásico olvidadísimo y maravilloso de Blue Magic, Just don’t want to be lonely (1974). Upstairs al Els representa un guiño clamoroso a Yazoo y el título de su disco indispensable, Upstairs at Eric’s. Y We should talk nos coloca en el pop orondo y sobreproducido, pero muy disfrutable, de finales de los años ochenta.

Incluso hay una incursión acústica y preciosa, She’s from before, con trasfondo de violín que permite deducir que Jack también tiene un hueco para Dylan en su corazoncito. Y casi al final nos tropezamos con I’m not joking, que hermana saxo con clavicordio como una manera de simbolizar el espíritu agridulce del álbum, la ambivalencia de un hombre feliz con su vida en pareja junto a Margaret Qualley, con quien ya ha contraído matrimonio, pero incapaz de sustraerse a la traumática y temprana pérdida de su hermana (I can’t believe you’re gone). I’m not joking es la demostración de que Antonoff es un compositor magnífico, un detalle que, filias y fobias al margen, no debería perdérsenos de vista.

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