La voz de Angelo de Augustine siempre había sido fina, tenue, frágil y delicada, pero en los últimos tiempos, durante un periodo de tiempo lo bastante largo como para volverse angustioso, pasó a ser sencillamente inexistente. Desapareció, sí. De una manera literal. El caso conmueve, impresiona y noquea a partes iguales, porque el cantante y compositor del sur de California hubo de enfrentarse a principios de 2022 a una “enfermedad no diagnosticada” que le privó de “habilidades fundamentales que damos por descontadas”, como “hablar, caminar, ver, escuchar o, por supuesto, cantar”. Por eso este Angel in plainclothes, ángel en ropa de paisano, criatura celestial pero de andar por casa, no es solo un álbum absorto, delicado y bellísimo, sino también un tratado de curación y resiliencia, una reconstrucción en tiempo real y con los oyentes como testigos maravillados.
Es difícil no conmoverse, porque estas 10 canciones pequeñas, breves, preciosas y casi susurradas son una preciosidad nacida de las entrañas y del espacio más íntimo, ese estudio casero y humilde que, de manera esclarecedora, pasa a denominarse A Secret Place (“un lugar secreto”) en la pila bautismal. Y es en ese rincón de intimidad donde De Augustine lo hace casi todo por su cuenta, donde arpegia la guitarra mientras canta con apenas un hilo de voz, a la manera en que ha aprendido de su mentor y jefe de filas discográficas, ese Sufjan Stevens que sigue ejerciendo de modelo y espejo. Solo que ahora Angelo, nuestro particular ángel doméstico, también aporta el minucioso refrendo de unos tenues pero preciosos arreglos de cuerda. Y la tímbrica insólita e inesperada de algunos instrumentos humildes y no convencionales que parecen casi juguetes: el marxófono o cítara sin trastes, un aquarion o marimba de tubos de cristal.
Más que una travesura, el sonido peculiar de Angel in plainclothes se convierte en metáfora de lo íntimo y cercanísimo, del calor hogareño como refugio, de la búsqueda de espacios de seguridad y paredes tras las que ahuyentar temores, peligros y las sombras de esa maldita incertidumbre con la que convivimos, mal que bien, casi a diario. De ahí el potencial sanador de esta obra en la que, no por casualidad, su composición más poderosa se titula The cure y donde las tímidas, casi pudorosas, pinceladas de psicodelia sutilísima cobran forma para Cosmic ride. Un trabajo para el cuidado y la autoprotección, el refrendo de que solo desde lo más íntimo (The universe was our mother) obtendremos ese escudo que tanta falta nos hace para sacudirnos las sombras que revolotean en torno a nuestros maltrechos cerebros.
La salud mental se convierte así, de manera sobrevenida, en un argumento tácito de Angel in plainclothes, un álbum que materializa y convierte en realidad cualquier tópico desgastado sobre el poder curativo de las canciones. El manto protector de Jonathan Wilson, coproductor y colaborador, afianza ese espacio de confianza que De Augustine, después de haberlo perdido todo, ha conseguido aquí recuperar. Y qué suerte que así sea.