De la misma manera que España ha vivido musicalmente de espaldas a su vecino ibérico, en ocasiones mirándolo por encima del hombro de una manera profundamente ignorante y empobrecedora, el vínculo sonoro entre Portugal y Brasil tampoco ha sido todo lo fluido que podría esperarse a partir de un ingrediente identitario tan fuerte como el de la lusofonía. Pero el lisboeta Salvador Sobral siempre se ha distinguido por su voluntad integradora y esa mirada profundamente humanista, tierna y alejada de lo preestablecido, así que nadie mejor que él para tender puentes.
De la misma manera que en su día publicó un álbum con el elocuente título de Paris Lisboa (2019) y que el año pasado nos regaló un trabajo compartido con Sílvia Pérez Cruz, su gran amiga y cómplice catalana, A flor do recomeço constituye ahora su primera y manifiesta gran inmersión en la música brasileña, con 11 canciones que otros tantos artistas de esa nacionalidad han compuesto expresamente para la ocasión y con varios meses de trabajo y grabación en el corazón de São Paulo, donde se puso a las órdenes de Té Brandileone y Marcus Preto, este último director musical de la ilustrísima Gal Costa y gran impulsor de esta suerte de puente aéreo. Porque, como él mismo confiesa en el libreto, “traer la música de Salvador hasta la música brasileña fue algo que deseé desde la primera vez que, paseando por las calles de Lisboa, lo escuché cantar gracias al azar del algoritmo”.
Benditos dictados de la tecnología, por esta vez. Porque A flor do recomeço es cualquier cosa menos un disco rígido o condicionado por ese eje geográfico y argumental que aporta la naturaleza brasileña. Sobral no despuntó en la parte compositiva desde sus inicios, pero cada vez ejercía más como autor de su propio repertorio. Esta vez, en cambio, no hay motivos para lamentar que su rúbrica no aparezca en los créditos. Es más, todo encaja para convertir este álbum en probablemente el más hermoso y vivificante de los que contemplan a su firmante, acaso porque consigue integrar y hacer propias las diferentes generaciones, sensibilidades, estilos e intenciones de los autores que se han confabulado para entregarle un puñado de páginas lindísimas.
Tampoco es habitual que un compositor logre exprimir lo mejor de sí cuando trabaja de encargo, con otro músico en mente. Pero estas objeciones timoratas desaparecen en cuanto el álbum echa a andar e intuimos a un Sobral fresco, relajado, integradísimo en el entorno paulista y convencido de que estas canciones regaladas merecen un lugar de privilegio en el contexto de su repertorio. Canciones que picotean de aquí y allá, alejadas siempre de arquetipos y premisas. Porque Homem louco (con la rúbrica de Marcelo Camelo, un indie del samba) abre boca con evocaciones carnavaleras, pero Estrela cadente, con la voz invitada de Dora Morelenbaum, nos reconduce ya a la música popular brasileira (MPB) de los setenta (firma Joyce Moreno) y A flor de recomeço es una balada impecable por gentileza del mismísimo Chico César.
Lo mejor, con todo, es la manera en que Salvador se involucra como intérprete y el ropaje instrumental con que le agasajan Preto y Brandileone (¡esos metales en Entre setas e sentimentos, por favor!). Hay muchos títulos y momentos muy, pero que muy inspirados, pero seguramente ninguno como No coração do ar, un canto de amor a la música de ondulaciones armónicas preciosas con el que Sobral bordea el falsete en un momento fascinante. No le anda a la zaga Tudo pra esquecer o amor, otra ocasión para esas notas agudas que parecen a punto de derretirse. Eso y, claro, la irresistible Bam bam, a dúo con Ney Matogrosso y lo más parecido a un single (“Meu coração faz bam bam bam bam”) escorado a la bossa nova que encontraremos en toda la entrega.
Podía parecer A flor do recomeço, de entrada, un álbum de transición, un pequeño paréntesis estratégico para trazar complicidades específicas con el público internacional de habla portuguesa. Qué va. A Salvador se le intuye comprometido hasta los tuétanos con la aventura, convertida, como su último corte, en “oración para ateos”. Una balada acústica contemporánea, por cierto. Una preciosidad. Otra más.