A Islandia Nunca Quema los queremos desde el momento mismo en que pasaron por el registro civil para certificar en la partida de nacimiento ese nombre tan singular como ellos mismos, un deseo de pintoresquismo no estrafalario, sino heterodoxo que a la altura de su tercer elepé no hace más que refrendarse. Nunca se han atenido a normas ni corsés estos cuatro caballeros de un lugar tan poco recurrente en las crónicas melómanas como Reus, capital del vermú mucho antes que del indie, pero ese alejamiento de los epicentros habituales del cotarro acentúa en el fondo la condición anómala, singularísima y en último extremo adorable de unos nórdicos tarraconenses que van por libre de verdad. Y que ahora agudizan el ingenio con unas letras en catalán –después de un primer álbum anglófono y un segundo trabajo homónimo (2023) mayoritariamente en castellano– en las que hay que zambullirse sí o sí, porque son reflejo ineludible de la idiosincrasia de este cuarteto escéptico pero divertido en su observación del mundo. Unos tipos mordaces y, por encima de todo, manifiestamente ocurrentes.

A nuestros islandeses del Baix Camp no se los rifan en los festivales ni figuran entre las bandas más mencionadas en los sanedrines mediáticos (suponiendo que, en lo tocante a la música popular, todavía quede alguno), de modo que lo de la independencia no es en su caso etiqueta sino descripción somera y elocuente realidad. Y así les va: haciendo lo que les viene en gana, derrochando ingenio y espíritu libérrimo, deslizando unas gotitas de cianuro en esas crónicas de lo cotidiano que ahora, con su salto definitivo a la lengua más genuinamente madre, los emparientan con la escritura de Guillem Gisbert (Manel) o David Carabén (Mishima).

En Electricidad estètica (y un disco con un título así solo puede ser un muy buen disco) nos sorprende ya de entrada esa portada entre ensoñadora y simbólica en la que la vieja noria comparte pradera y escena con un par de jirafas, un maridaje improbable que quizá simbolice ciertas evocaciones de esa infancia ya tan inaprensible como grabada a fuego con el paso de los años. Pero la carpeta agrega otro guiño de diseño nada menor al conceder honores de contraportada a las letras de estas 12 piezas. Un mensaje clamorosamente nítido: si son ustedes tan amables, lean y préstennos atención.

Islandia Nunca Quema ha ralentizado los tempos y aplacado el barullo para darle mayor peso a esas dos guitarras entrelazadas que a veces se escoran hacia el twang aprendido de Duane Eddy, pero que casi siempre acaban recordando más a los REM jóvenes de Fables of the reconstruction o a los inmensos australianos The Go-Betweens, aún más si es Robert Forster el que lleva la voz cantante. No puede ser ni un poquito convencional un álbum que se desperece apelando a la muerte en su primer corte, el por otra parte adictivo El cementiri de Brompton (“Si no tienes nada que preguntar, estás en el lugar equivocado”), y que ahonda en las cuestiones de la fugacidad y la evanescencia con el segundo, el todavía más tarareable Els diez són massa curts. Como tampoco son frecuentes en el pop peninsular las referencias literarias, menos aún si, como en el caso de la luminosa Sylvia,la destinataria de los versos es la fugaz y acongojada Sylvia Plath.

No, no es el álbum más optimista de la temporada, a poco que reparemos en las relaciones que descarrilan (Com de costum), exprimamos las miserias de las apariencias (Els missaires) o miremos con escepticismo burlón las sesiones de “viaje astral, sexo tántrico y terapia floral” de las que el cuarteto se mofa en Mantra boogie. No es desencanto: solo constatación adulta de que el mundo dista de ser perfecto. Y por eso mismo, por su cruda honestidad y ese sonido limpio pero incisivo, esta electricidad estética nos sirve, en efecto, como descarga de pequeño voltaje para despertar de una vez y abrir bien los ojos.

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