Llevamos mucho tiempo esperando el gran disco que nos reconcilie con los mejores Mumford & Sons, esos tipos espontáneos, frescos y algo agrestes que con un par de álbumes iniciales, Sigh no more (2009) y, sobre todo, Babel (2012), se pusieron a llenar por medio mundo pabellones con neojipis dispuestos a saltar como posesos con el repiqueteo de un banjo y unas melodías que invitaban a echarse literalmente al monte. Y después de titubeos, giros de guion o patinazos, ningún álbum como este Prizefighter parece un intento tan evidente en ese empeño por retomar la senda de antaño, por regresar al redil y recuperar el esplendor primigenio.
El titular más urgente es este: hay muchos momentos en los que podemos dar la prueba por superada, sobre todo si nos atenemos a un arranque tan preciso, instantáneo y hasta efectista como el que proporcionan Here y Rubber band man. Esos dos cortes iniciales son de por sí disparos al centro de la diana, tentativas algo evidentes pero muy efectivas para que se nos ponga a bullir la sangre. Pero a su eficacia intrínseca se le suman la aportaciones respectivas de artistas invitados muy ilustres, Chris Stapleton y Hozier, que en ambos casos ensanchan el impacto en territorios afines pero complementarios; el americana en la primera de las escuchas y el pop de espectro amplio con motivo de la segunda opción.
Al final, el disco menos sorprendente de los Sons en años termina siendo el más agradecido, y hasta puede que el llamado a sonar con mayor frecuencia y devoción en la sala de estar. Con Marcus Mumford y sus muchachos termina sucediendo algo muy parecido al incómodo caso de Coldplay: todos podemos admirar y añorar sus primeros elepés, que en su caso oscilaban entre lo muy notable y lo extraordinario, pero a lo largo de los años han terminado diseminando álbumes tan dudosos y matizables como difíciles de defender, incluso entre sus seguidores más entregados a la causa.
Tras derivas de rock indie que no iban a ninguna parte (Wilder mind, Delta), Mumford y sus aliados de los Hijos ya se esforzaron el año pasado por retornar a la buena senda con un álbum, Rushmore (2025), que destilaba buenas intenciones y concedía alguna pieza muy meritoria, pero se acababa enredando en una densa melancolía que a ratos sugería una monotonía entre anodina y anémica. Pricefighter se erige ahora, menos de un año después, en una prolongación de la jugada pero con unos nuevos títulos más animosos, rotundos e incontestables. Incluso con una actualización radical en la indumentaria: Marcus Mumford pasa de bonachón a tipo duro, fornido y de negro riguroso, un atuendo que comparten sus socios Edward Dwane y Benjamin Lovett y que les vuelve casi irreconocibles en las imágenes promocionales.
El regreso a los territorios familiares termina convirtiéndose en objetivo manifiesto a lo largo de los 14 cortes, entre los que abundan las melodías con indisimulada aspiración a himnos. El empeño es flagrante ante títulos con tan poco margen para la duda como The banjo song, en lo que parece un nuevo esfuerzo por borrar de la memoria el mal trago de descubrir que el banjista fundador, Winston Marshall, se destapaba como un ultraderechista furibundo y detestable. Y tampoco podremos sustraernos a la tentación de corear y desgañitarnos a medida que interioricemos Run togethero Icarus, en este caso junto a la joven y muy ilusionante Gigi Pérez, que en 2025 vivió su debut discográfico con un adorable e insuficientemente difundido At the beach, in every life. El ahora trío londinense tira de un productor ecuménico e irrebatible, el cada vez más pluriempleado Aaron Dessner (The National), para aferrarse a las viejas esencias de siempre, reverdecer glorias pasadas y agitar ánimos, ahora que por tantos motivos nos flaquean. La sorpresa es casi nula, pero este aguijonazo de optimismo le sienta bien a cualquiera.