Esa María del título no es nadie en concreto, pero puede ser muchas personas. Y seguro que a algunas de ellas las conocemos. Ahí, en ese recurso, radica la universalidad y el alcance exponencial del mensaje que late en For Mary, un disco de una belleza extraordinaria que captura una de las pretensiones más nobles que puede albergar la mente humana: el cuidado al prójimo, la solidaridad, el cobijo que nuestros brazos pueden proporcionar a quien, cerca de nosotros, sienta los nubarrones del desasosiego nublándole la mirada y las entendederas mismas.
Mary puede llamarse como aquella persona que tanto apreciamos, tan bien conocemos y ante cuyas borrascas interiores hemos sentido el gélido aliento de la impotencia. El cuidado de la salud mental, los revulsivos anímicos, la resiliencia y el abrigo a quienes nos necesitan se convierte así en el leit motiv transversal y temático a lo largo de las 12 canciones de este debut inesperado y extraordinario. Inesperado porque no nos habían llegado ecos de Olive Jones, una veinteañera de Dorset (suroeste de Inglaterra), tierra sin particular pedigrí melómano, que llevaba algunos años trasteando por el circuito local sin que hubiera trascendido su trabajo hasta ahora. Extraordinario porque la voz es cálida y profunda, dos adjetivos que también son aplicables a la escritura de esta docena de canciones contritas, emocionadas y emocionantes, con un pie en la canción de autor y otra en el jazz vocal, sin olvidarnos las derivaciones hacia el soul e incluso el góspel. Como en A woman’s heart, una de las piezas angulares y un título compartido con aquel bellísimo, emblemático y ya añejo (1992) himno a la sororidad de la dublinesa Eleanor McEvoy.
Puestos a buscar referentes, sin embargo, el mismo apellido pone en bandeja el más obvio de todos, porque es difícil no pensar en el magisterio previo de Norah Jones a medida que se suceden las composiciones de esta otra Jones de la orilla opuesta del gran océano. Incluso las segundas voces y los juegos vocales en plano secundario parecen un préstamo norahniano, aunque Olivia busque un hueco propio en sus aproximaciones más negroides: en Planes es inevitable pensar en el influjo de aquel I can’t stand the rain (Ann Peebles, 1974; aunque muchos recordarán más la versión de Tina Turner, justo una década más tarde) cuando escuchamos la frase “I can’t stand the plains” justo en el primer verso.
Como sucede con la propia Norah, al final las materias primas son tan inapelables que solo nos vienen a la mente antecesoras o referencias nobles. Cuentan las crónicas que Olive creció con la colección paterna de vinilos de Nina Simone o Billie Holiday bajo el brazo, y ese poso de profundidad y hondura es el que aflora desde el primer estribillo. Ese en el que escuchamos: “Mary, ven a casa, vente y contempla la luz del sol otra vez a mi lado / Déjame entrar bajo las nubes que te sobrevuelan / quizá pueda ahuyentarlas”.
Solo “quizá”, insistamos: ya ven que la artista británica no promete soluciones mágicas, pero sí una sinceridad cabal y enternecedora.