En una decisión seguramente muy meditada, por no exenta de ventajas y riesgos, Phoebe Bridgers decidió poner en circulación su tercer álbum en solitario justo a mitad del páramo agosteño de publicaciones, por aquello de asegurarse de que este Lost weekend se convertiría en uno de los acontecimientos musicales del mes. Pero el razonamiento es engañoso, porque en verano los melómanos suelen andar con el radar medio atrofiado y esta esperadísima colección de la joven artista no aspira a convertirse en motivo de atención para semanas de sequía, sino en uno de discos llamados a figurar de manera recurrente en los listados con lo mejor de esta añada incierta. Así sucederá, sin duda, y de manera muy merecida, por no pocos motivos, puesto que estos 52 minutos de música encierran pasajes memorables, ambiciosos y maravillosísimos. Y, en último extremo, dejan un cierto regusto a obra maestra incompleta porque un cierto desvanecimiento en el tercer cuarto del álbum rebaja el entusiasmo que en otros muchos tramos pueda sugerirnos.

Después de seis años sin firmar una obra por su cuenta, los transcurridos desde Punisher (2020), y tres temporadas después de que The record (2023), la segunda entrega de Boygenius, la convirtieran a ella y a sus dos fantásticas compinches de aventura en femenino –Julien Baker, Lucy Dacus– en las más inesperadas y justificadas vencedoras de aquel año, Lost weekend estaba llamado a acaparar atenciones, curiosidades y hasta alientos contenidos. El salto con el que Bridgers toma impulso a partir de los trabajos previos es estratosférico, por cuanto nuestra protagonista sobrepasa con creces las lindes acústicas, abre el álbum manipulando su voz con el vocoder para The outside (Bon Iver, no estáis solos), recorre tramos de electrónica impresionista en el corte que da título al disco e incluso se entretiene en dos fabulosos minutos de introducción instrumental para Panorama que pueden parecer cinematográficos, pero quizá beban más de la cara B de Hounds of love (1985), la obra magna de Kate Bush. Y todo ello sin olvidar el absoluto primor bucólico de la mandolina y el violín (Haunted) o el encanto de los dúos clásicos mixtos en el caso de la preciosa y contemplativa I can’t wait, donde comparte micrófono junto a un misterioso Son-John Johnson, a todas luces trasunto de su buen amigo Cameron Winter (Geese).

A todo esto, el elepé encierra algunos guiños de amor por el formato largo que resultan particularmente encomiables en estos tiempos de compulsión tiktokera, más aún si provienen de una artista con treinta y muy pocos años en el carnet de identidad. Nadie habría calificado de extensa una obra de poco más de 50 minutos un par de décadas atrás, pero hoy todo lo que sobrepase la media hora larga casi parece una temeridad propia de un cerebro estrafalario. Tampoco se estila convertir en punta de lanza la publicación del elepé íntegro, acostumbrados como estamos a que los lanzamientos se masacren con una avalancha despiadada de adelantos, pero de Lost weekend solo conocimos su primer sencillo, Lost boys, y ya. Pueden parecer detalles pequeños, pero a estas alturas los encontramos no solo reveladores, sino también adorables.

Y Lost boys cumple, de hecho, con el sentido clásico que en tiempos tuvo el primer single, la canción más instantánea y perdurable, la llamada a servir como estandarte y referente. Es casi la única que podemos tararear mientras escuchamos y, con mucha diferencia, la más contagiosa y pegadiza, sobre todo por la inclusión de unos tenues metales y por el parón rítmico en mitad de su desarrollo para reanudar el discurso con un irresistible one, two, three, four. Por lo demás, cualquiera que haya visto su puesta en escena en el programa de Jimmy Fallon, con la artista respaldada en directo por una banda de músicos infantiles y adolescentes, la habrá incluido al instante en uno de los momentazos televisivos del año. Si no es tu caso, amiga o amigo, mira con urgencia qué demonios le sucede a tu anestesiado corazón.

Los dos temas posteriores, el taciturno Kill me y el clásico y bellísimo The governor’s waltz, que hace buena la promesa ternaria del título, figuran también entre lo más excelso de la obra, mientras que Bobby es más liviano e intrascendente, pero sirve como ameno recordatorio de que nuestra californiana favorita, tras la ruptura con Paul Mescal, se ha reencontrado con el amor de la mano del comediante y también cantautor Bo Burnham. Son los momentos en que Bridgers se aleja más del referente de su idolatrado Elliott Smith y deja que se noten los galones de Alex G y Jack Antonoff, rutilantes coproductores del trabajo.

Como bien se intuye y hemos ido detallando, los encantos de Lost weekend son múltiples y muy elevados, a la altura de los discos-faro que siguen marcando el camino con el paso de los años y las generaciones, pero el hechizo se desperdiga algo a partir del final mustio de Liberty tree, que entronca con una pieza anecdótica de menos de dos minutos, Never going back!, que solo pretende abocarnos a una nota de voz del progenitor de la artista en la que escuchamos: “Ey, Phoebe, soy tu padre. Ya imagino que estás ocupada en ser una estrella del rock. Eso lleva mucho tiempo”. Tampoco levanta el vuelo con la nueva miniatura Other plans (ínfima, desnudísima, ralentizada) ni con los 55 segundos de Lost parade, envoltorio ambiental a partir de ecos de melodías ya escuchadas antes.

Son en total cinco minutos fragmentarios, correlativos y algo desconcertantes; sugerentes y evocadores, si se quiere, pero no del todo coherentes con el poso que la obra ha asumido hasta ese momento y que retoma con la excelencia ya mencionada de I can’t wait. Y queda la duda de si esa especie de interludio prolongado se le va de la mano a Phoebe, tanto como para que la obra maestra que barruntábamos se quede (solo) en álbum maravilloso. Que no es poca cosa, obviamente.

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